La Copa “liberal”

Por: Juan Martín Barreiro / Sendero Elegante


La Copa América, que se realiza en Brasil, llama la atención por la poca convocatoria en los estadios. Las tribunas vacías se deben principalmente al delicado momento económico que vive Brasil, que hace un año está saliendo de una recesión muy fuerte. En 2015 y 2016 la economía cayó un 7 %, y la tasa de desempleo afectó a casi 12 millones de brasileños. El panorama no mejora y la recuperación económica es casi nula: la más lenta en la historia de Brasil, que impacta claramente en el ánimo y la capacidad de consumo de la población. 


La baja concurrencia de aficionados a los estadios también está vinculada con el elevado precio de las entradas: la más barata es de 120 reales (unos 1300 pesos argentinos), casi el triple que el valor de una entrada promedio para un partido de Copa Libertadores. En la Copa América se está viendo una tendencia que afectó a Brasil en los últimos años: el fútbol dejó de ser un deporte popular donde los sectores populares podían acceder a los estadios y se ha convertido en un espectáculo para sectores de clase media acomodada. Esto muestra la fuerte división social que hay en el país y cómo se refleja en el torneo de selecciones más importante del continente. En comparación con la Copa América del 2016, la cantidad de espectadores  disminuyó a casi la mitad. En la actual, sólo 25.000 fanáticos en promedio presenciaron los primeros 5 partidos (gracias a la participación de los populares seleccionados de Brasil y Argentina), de los 46.000 hinchas de la edición pasada.

 

Reforma jubilatoria


¿Por qué no hay plata para pagarle a los jubilados, pero sí para un torneo de fútbol?

Este tipo de eventos se acuerdan de antemano con la Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL). Si bien Brasil tiene la estructura del Mundial del 2014, y no hubo una gran inversión en infraestructura, la reforma jubilatoria que propone el gobierno de Jair Bolsonaro contrasta con los recursos gastados en la Copa América. La administración del presupuesto, que puso foco en el equilibrio fiscal impulsado por el ministro de Economía Pablo Guedes, ha generado polémica: es una reforma contundente que haría “sustentable” y superavitario el sistema, pero en detrimento de los beneficios  que mantienen los trabajadores (como la reducción del salario mínimo previsto) y a los jubilados de hoy y del futuro. El presidente nacional de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), Vagner Fleitas, expresó su disconformidad: “La propuesta de Bolsonaro y su gurú, Paulo Guedes, es cruel con el pueblo. Quieren acabar con el derecho de los trabajadores, sobre todo de los más pobres, de recibir pensión y jubilación para sobrevivir”. 

 

Crisis política 


Hoy Brasil vive una crisis política aguda; a seis meses de asumir,  la popularidad de Jair Bolsonaro descendió considerablemente: las encuestas sostienen que en enero la imagen bajó del 67% al 51% en marzo. También perdió capital político debido a una fractura que tuvo la administración con muchos sectores que pujan por el poder: militares, liberales, antiglobalistas (vinculados con el Canciller Ernesto Araújo), los hijos de Bolsonaro que tienen una visión vinculada a los grupos evangélicos más tradicionalista, entre otros. Además, la filtración de audios del juez Sergio Moro, un ícono del proceso de Lava Jato, comprometen la investigación al expresidente Lula Da Silva.  Hoy Moro es ministro de Justicia y en consecuencia, este problema del juez compromete también a Bolsonaro. 


Los mercados desconfían del gobierno y de su capacidad para llevar adelante reformas que Bolsonario prometió: estabilizar las cuentas públicas y potenciar inversiones en salud, educación y seguridad pública. El Grupo Globo —conglomerado de empresas concentradas en el área de los medios y el mercado inmobiliario— fue una de las empresas que cuestionó la capacidad de Bolsonaro en cumplir con las reformas: “Necesita ocuparse para ejecutar lo que prometió en su campaña. La apertura comercial del país, las privatizaciones, la lucha contra la corrupción y la inseguridad pública, dependen de importantes cambios en las leyes, las cuales requieren el trabajo de Bolsonaro junto al Legislativo. Ser Presidente exige postura y también trabajo duro”.


El gobierno posee una nula gimnasia parlamentaria para conseguirla la mayoría legislativa. 

Brasil tiene 513 diputados, de los cuales solamente el 10% responden al partido de Bolsonaro (PSL). Si sumamos los partidos de centro derecha hay una mayoría conservadora, pero no es automática: el Gobierno falla en las coaliciones. Inclusive, el presidente de la Cámara de Diputados Rodrigo Maia ha manifestado su rechazo a la gestión actual. 


El descontento en Brasil se ve en los sectores opositores y sus movilizaciones vinculadas a la ley de jubilaciones, la reforma educativa en las universidades y el avance de una visión religiosa de los evangelistas en las políticas públicas. Pero también existe un malestar silencioso de aquellos que habían apoyado al gobierno. La política en Brasil está viviendo tiempos convulsionados y el liderazgo de Bolsonaro decrece rápidamente.  

 

Contradicción elocuente


Bolsonaro ha sido cuestionado por su ideología conservadora y sus comentarios misóginos, homofóbicos y racistas. El presidente no esconde su carácter discriminatorio y además dejó clara su postura sobre la libre portación de armas y su apoyo a la dictadura militar. Por eso es curioso ver que muchos jugadores brasileños, la mayoría de tez negra , apoyen a un gobernante abiertamente racista. Jugadores como Ronaldinho y Felipe Melo lo han apoyado y defendido públicamente; hasta se lo ha visto a Neymar junto a él en el partido de semifinal entre Argentina y Brasil, algo que verdaderamente resulta extraño para muchos.


Por: Juan Martín Barreiro / Sendero Elegante

Juan Martín Barreiro

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