EL ARTE DE DOMAR LA VIDA

POR: JUAN IGNACIO ZINGONI


¿Alguna vez fueron a un museo y se encontraron con una muestra de bioarte? No estamos hablando de las mariposas muertas que se encuentran en la galería de ciencias naturales, sino de las mariposas que fueron modificadas genéticamente antes de nacer para que las alas tuvieran los colores que la artista deseaba. Así es, en 1999 la portuguesa Marta de Menezes consiguió, con la ayuda de científicos, modificar patrones de las alas de mariposas logrando inducir en el desarrollo de patrones nunca antes vistos en la naturaleza.

“Nature?” es el nombre de esta obra que duró el tiempo que las mariposas estuvieron vivas.

 

El bioarte lo encontramos en conejos vivos modificados genéticamente para que sean fluorescentes, en mini esferas de vidrio que almacenan todo un ecosistema en su interior, en intervenciones genéticas sobre el cuerpo humano, entre otros casos. Cuando hablamos del uso de la tecnología para trabajar sobre la vida, desde células humanas, hasta ADN o proteínas, pasando por cultivos de tejidos vivos y el propio cuerpo del artista, entonces hablamos de bioarte. 


No estamos comentando algo completamente novedoso, la tecnología siempre fue de la mano del arte, como explica el artista argentino Joaquín Fargas, en diálogo con Revista Sendero: “La fotografía tardó 100 años en incorporarse como un método de expresión artística. Recién en 1960 aparecieron las primeras muestras oficiales de fotografía, pero hasta entonces la academia te decía que solo la pintura y la escultura eran arte. Hoy sucede que la vida misma es un medio que está disponible para la búsqueda artística. Desde el mingitorio de Duchamp que el artista no requiere el mismo proceso de validación que antes”.

  El mingitorio de Duchamp, de 1917, derribó pre-conceptos estéticos y marcó un antes y un después en el campo artístico. 

 

Joaquín parte de una actitud filosófica que lo lleva a repensar los avances que se dieron en los últimos treinta años en el campo de la biotecnología para explorar la manipulación, creación y programación de la vida en un amalgama con la disciplina artística. “Un artista antes era valorado por su capacidad de desarrollar nuevas tecnologías y no solamente por utilizar las existentes”, afirma Fargas. Como un pintor que busca nuevos colores o matices, el artista puede encontrarle otros usos a las tecnologías que ya existen o animarse a inventar tecnología, como lo hacía Leonardo Da Vinci por el siglo XV. 

 

Joaquín Fargas y su proyecto “biósfera”: aísla ecosistemas naturales en recipientes totalmente sellados donde la única interacción con el medio es a través del calor y la luz.

 

LA POLÍTICA DEL GEN

 

¿A quién no se le cayó un pelo en la calle o le erró al tacho cuando tiraba un chicle? A muy pocas personas seguramente. Esto pensó la artista y científica neoyorkina Heather Dewey-Hagborg cuando comenzó a desarrollar su obra “Stranger Visions”, donde se dedica a juntar elementos del espacio público como colillas de cigarrillo y chicles para luego llevarlos al laboratorio, descifrar su código genético y sacar un aproximado de las características físicas que tiene la persona que dejó ese objeto en la calle. Este podría ser otro gran paso en términos de herramientas forenses y policiales, pero Heather utiliza dicha tecnología para crear una galería de rostros 3D que le permita crear una propuesta reflexiva tanto sobre el avance de la biotecnología como sus límites. 

 

Desde los noventa, cuando comenzó el proyecto del Genoma humano, se buscó conocer a fondo las secuencias que constituyen al gen para entender por qué somos como somos. Antes se creía que el gen definía completamente a las personas y esto llevó a que los científicos y los periodistas se hagan preguntas como: ¿cuál es el gen del criminal? ¿Cuál es el gen del homosexual? Pero no es tan fácil. Como explica la investigadora en biotecnología de la UBA Lucía Petriz a Revista Sendero, “una cosa es lo que dice en el gen y otra es la expresión de ese gen. Tener las instrucciones del manual (ADN) no quiere decir que vaya a llevarse a cabo al pie de la letra porque el gen atraviesa a lo largo del tiempo condiciones externas que transformar de maneras poco anticipables”.

 

Si bien podemos calcular que a partir de un gen una persona puede llegar a tener un 65% de probabilidades de tener ojos azules o un 40% de que le agarre cáncer de pulmón, nada es definitivo. Hasta hay características, como la edad, que aún no pueden saberse a partir de la recolección de muestras de ADN, sin embargo, este es uno de los temas que la misma artista de las caras 3D investiga para su tesis doctoral.

 

La galería de Heather expone distintos rostros 3D. Cada uno es la representación de un objeto que encontró en la vía pública.
 

 

El bioarte no solo es trabajar con otras materias vivas, ya que también hay casos donde la obra de arte es uno mismo. “¿Cuáles son los límites a los cuales podemos llegar utilizando las materias que nosotros mismos podemos ofrecer?”, se pregunta la artista argentina Natacha Voliakovsky, quien se destaca en la performance al utilizar herramientas como la fotografía, el video, la instalación y las intervenciones en su cuerpo. “Al principio, tímidamente me extraía sangre en cantidades grandes. Así comencé a entender que lo que está dentro de mi cuerpo también se puede usar para el arte”, reflexiona esta artista. En una de sus performances, Natacha mostró sus últimos exámenes de sangre al público para que comprobaran que no era reactiva a la Hepatitis o al HIV.  Unos enfermeros le extrajeron sangre y luego la sirvió en una copa para después comenzar a caminar alrededor de los presentes hasta que alguien aceptó a brindar con su sangre.

 

Natacha presentó su performance “Algo de mí vuelve a mí” en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.
 

 

Si compartiéramos un café con Natacha y no la conociéramos no nos daríamos cuenta que una vez se quitó grasa que le sobraba de las rodillas para rellenarse el rostro, ni que usó grasa de su cuerpo para crear una escultura de su rostro o que se sometió a una cirugía estética para extraerse piel, tejido y pelo de su cuero cabelludo que luego serviría de alimento para una performance al día siguiente. “Me considero una sobreviviente y una hacker. Primero porque no me construyo a mí misma de una forma disidente, sino bastante hegemónica y esto me permite introducirme dentro de un sistema social sin que nadie perciba mis modificaciones”, afirma Natacha. 

 

La obra de Voliakovsky nos acerca a una experiencia única con el artista, quien también es la obra de arte en estos casos. Detrás de cada cirugía y performance hay una propuesta, una reflexión y un debate complejo. “La latencia machista, el patriarcado y el contexto social, con todas sus reglas impuestas, como el tema del aborto o la religión, son elementos que constituyen una latencia social que deviene en que muchas personas no sientan que sus cuerpos les pertenecen. El porqué tiene que ver con tomar mi cuerpo como un campo de batalla y luchar por reclamarlo como propio. Es un arte político”.

 

EL ARTE PUEDE SER TRANSGÉNICO

 

El gen es una unidad de información que determina en parte la aparición de los caracteres hereditarios de los seres vivos. En contra de lo que se suele suponer, intercambiar genes entre especies es una actividad de toda la vida: la naturaleza produce animales y alimentos con intercambio de ADN desde siempre y el humano también viene manipulando desde siglos los genes de las especies para crear seres nuevos. El cruzamiento de genes era un proceso bastante lento, pero a mediados del siglo XX una serie de grandes descubrimientos en relación al ADN y otros avances en ingeniería genética lograron profundizar los conocimientos en esta actividad y, como vimos, si se expande la tecnología, se expande el arte y este también puede expandir a la ciencia.

En el año 2000, el artista brasileño Eduardo Kac convenció a los científicos del Instituto de Investigación Agronómica de Francia para crear un conejo bioluminiscente, es decir, un conejo que pasa a tener un color verde fluor bajo rayos ultravioletas. Así es como “Alba” se convirtió en el primer ser vivo en ser al mismo tiempo obra de arte. “Hoy es muy obvio para la ciencia pensar que si pasás un gen de una especie a otra va a dar la misma proteína, pero en su momento no se sabía esto. Se hipotetizó que si la proteína GFP (Green Flouresence Protein) se codificaba en algunas medusas entonces también se podía intervenir para que sucediera lo mismo en otro animal”, asegura la investigadora Lucía Petriz. Otra de las creaciones del mismo Eduardo Kac fue la implantación de ADN suyo en las hojas de una petunia, así consiguió crear lo que se denomina “plantimal” (planta + animal), la cual lleva el nombre de “Edunia” (Eduardo + Petunia).

 

“Edunia” de Eduardo Kac es un plantimal que posé ADN humano en sus pétalos.
 

 

Por otro lado, el artista Joaquín Fargas concibe a este tipo de bioarte como hard (a diferencia del soft donde las intervenciones no son tan profundas), aquí ya hay una manipulación más minuciosa sobre los organismos, “como puede ser el cultivo de tejidos, que si no fuera por la creación del bioreactor de los laboratorios estos tejidos no se podrían desarrollar. También abarca la manipulación genética, lo que se llama trans-génesis y también la clonación. La acción sobre la genética con el objetivo de construir una obra de arte”. Como otro ejemplo de esto, Joaquín tiene su obra “Inmortalidad” donde cultiva células de corazón que pueden llegar a vivir para siempre. “Yo no soy biólogo, solo me dedico a conjugar distintas piezas y tratar de que ese cruce de disciplinas nos abra más preguntas y nos lleve a un derrotero que no tenga fin”, reflexiona el artista argentino. 

 

“Inmortalidad” es la obra de Joaquín Fargas: se asiste a un conjunto de células del corazón cultivadas in Vitro, que logran conformar un organismo semi-vivo que podría ser eterno.
 

 

TODO PUEDE SER ARTE

 

Cuando el artista fue consciente de que su capacidad para producir algo era limitada, comenzó el taller, donde el gran maestro tenía a sus discípulos que iban aprendiendo y trabajando. Entonces, las megaobras se pudieron desarrollar en un tiempo razonable. Después, apareció la fábrica, por ejemplo con Andy Warhol, donde él diseñaba algo y fácilmente podía reproducirlo en masa con una técnica como la serigrafía. Hoy, el laboratorio también abre sus puertas para la amalgama entre científicos y artistas. “Hay dos formas para trabajar en arte, me parece: aprender la tecnología para poder trabajar en un laboratorio y la otra es la oportunidad de delegar el trabajo de laboratorio a un especialista. Si uno quisiera poder hacer todo tendría que usar mucho tiempo en estudiar todo. Por esto creo que la dinámica entre artista y científico en el bioarte se vuelve fundamental”, opina Joaquín Fargas.

 

El artista australiano Stelarc hizo crecer una tercera oreja en su brazo izquierdo para reflexionar sobre qué es humano hoy en día.
 

Estas obras te hacen reflexionar mucho sobre la ética en el uso de células”, afirma la investigadora Lucía Petriz luego de observar un par de obras de bioarte. En varios casos, estos proyectos buscan llamar la atención del público para que conozcan los avances de la ciencia y reflexionen sobre el uso que se les da (y no se les da) a dichas tecnologías. “Si un artista trabaja en un laboratorio debe seguir los protocolos científicos, no puede violar los códigos de bioética, estos son los mismos tanto para el arte como para la ciencia”, agrega Fargas.

 

Desde sus inicios, al bioarte se lo ha perseguido con acusaciones de inmoralidad o, al menos, poca ética Sin embargo, es innegable que al ver estas obras el debate y la reflexión son inminentes. Las obras hoy se ven relacionadas a una tradición artística del pasado, a un presente tecnológico incierto y a un debate político por el uso futuro de nuestros descubrimientos. Será como reflexiona la artista Natacha Voliakovsky: “Entender el contexto en el que se desarrollan esas prácticas, cómo nos afectan y cómo nos definen. Es un poco contra lo que yo lucho”.

 

POR: JUAN IGNACIO ZINGONI

Juan Ignacio Zingoni

Juan Ignacio Zingoni tiene 23 años, es de Bahía Blanca y estudia Ciencias de la Comunicación Social (UBA). Comenzó cubriendo recitales y entrevistando músicos para la revista digital "SPE". Co-produjo "Y se reía como loca" en FM La tribu y "Antes que nosotros" por Radio Monk. Sus temas preferidos para tratar son: arte, ciencia y medio ambiente. Como hobby escribe cuentos de ficción y aprende a tocar distintos instrumentos. Juan espera que cuando termine la pandemia pueda volver a producir "Terraza", un ciclo de música en vivo, cata de vinos y maridaje.

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