Martín Kohan, un escritor sin cuentas pendientes

POR RAMIRO GAMBOA

 

Martín Kohan escribió Confesión, su última novela, en tres meses. Noventa días le alcanzaron para contar tres historias que se cruzan entre sí: la de Mirta López, una nena de doce años que en su despertar sexual se enamora locamente de un adolescente de su ciudad, Jorge Rafael Videla; la de cuatro militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores que planificaron un atentado contra Videla en 1977 —cuando ya era parte de la Junta Militar del Gobierno de facto en Argentina—; y la de una anciana —Mirta López, la niña del comienzo, varias décadas después— que le cuenta esta historia a su nieto con algunos condimentos que hacen que esta última línea de relato tenga un sentido especial. 

En cualquier caso, y hay que insistir, todo este universo se construyó en tres meses. Y ni siquiera es una excepción en la obra de Kohan: Museo de la revolución lo escribió en cuarenta días y Ciencias morales, en dos meses y medio. 

—No escribo varias versiones de las novelas porque los borradores los hago mentalmente. En el momento en que empiezo a escribir ya tengo pensados varios aspectos decisivos del armado del texto. Por supuesto que ponerse a escribir es largarse a algo que uno nunca sabe del todo cómo va a ser. Siempre surge algo imprevisible. Pero hay una cantidad de cosas que sí se pueden pensar antes —dice Martín Kohan. Viste un buzo Adidas y en otro encuentro —virtual— llevará remera de la misma marca, y en ambos casos el vestuario no será por el registro de entrecasa que impone la cuarentena: Kohan siempre se viste así. Y desde marzo da las entrevistas —y escribe— siempre en el mismo lugar: su escritorio. Si antes Kohan vivía en los bares, ahora —con la cuarentena— lo hace en este espacio con una bandera de Boca enorme, una vela y una ventana que da a un árbol lleno de hojas marrones. Esto, en rigor, no lo muestra él, sino que lo mostró días atrás su esposa, Alexandra Kohan: 

—Acá dormía mi hijo Jeremías —dijo, mientras paseaba la cámara del celular por la habitación—, pero ahora se fue a vivir solo y entonces Martín se armó un escenario nuevo para él. Además la ventana da a la calle y a él le gusta ver la calle. 

La habitación está en la parte más alta de una casa en el centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires, y es un lugar cosmético y transitorio: Kohan quiere volver a los bares. 

—Nunca me gustó estar en mi casa. Hoy vivo en una casa grande, tuve un PH de varias habitaciones, viví en un monoambiente, en un dos ambientes. Combinaciones distintas: espacio grande, espacio chico, techos altos, techos bajos, pero nunca me gustó estar en mi casa. Viví con otras tres personas: mi papá, mi mamá, mi hermana. Viví con otras dos: mi mujer de aquel momento y mi hijo. Viví solo. Todas las combinaciones. Siempre me fui de mi casa a circular por la calle y por los cafés. Incluso los domingos, incluso los domingos de invierno, me levanto, me baño, me visto y me voy. ¿A dónde, a qué? Me podría quedar en la cama, me podría quedar, pero me levanto, me baño y me voy al bar a escribir. Cuando empezó la cuarentena dije: “Dios, no voy a poder. Empecé la cuarentena un día antes de cuando empezó realmente para todavía contar con el recurso de salir corriendo al café si veía que no podía, y no solamente puedo, sino que con una base de resignación la estoy pasando bien”. 

Martín Kohan pasó más tiempo en su casa en cincuenta días de cuarentena que en los últimos cincuenta años de su vida.

—¿Cómo va a hacer para pasar la cuarentena este hombre que no soporta estar encerrado? Creí que le iba a costar muchísimo, pero se adaptó mucho más rápido que yo —cuenta Alexandra Kohan, esposa de Martín y psicóloga formada en la UBA. Alexandra es de piel trigueña, lleva labios muy rojos y tiene una ropa tenazmente negra: lo que le da un vago aire de insolencia punk.

Alexandra recuerda el destello que tenía Martín en los ojos al verla cuando se conocieron en unas jornadas sobre la metáfora en una cátedra de Psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires. En la filmación del primer día en que se encontraron cara a cara se la ve a Alexandra coordinar la mesa y se lo observa a Martín susurrándole cosas al oído. 

Había un entendimiento, una semilla de complicidad.

—Había en ella un hacer lugar a las cosas. Y después nos volvimos a ver y nos enamoramos, y ese modo de dar lugar al otro funciona. No es estarle encima, porque yo me hacía cargo de todo hasta que Alexandra un día me dijo: “No sos el responsable exclusivo de mi felicidad”. Ella sabe hacerle lugar al deseo del otro y a sus tiempos y a sus dudas —cuenta Martín.

Es Licenciado y Doctor en Letras, pero sobre todo es una máquina de escribir: publicó 22 libros —Me acuerdo y Confesión se lanzan este año— y fue traducido al inglés, francés, alemán, italiano, portugués, hebreo, árabe, checo y búlgaro. Además, publica todos los sábados sus columnas en el diario Perfil, escribe en la web de la editorial Eterna Cadencia y da clases en cinco universidades.

 

Martín Kohan rodeado de todas sus obras. 

Dice que escribir, ser docente y publicar en medios son acciones de la palabra, son intervenciones y acciones que tienen un carácter político. Pero nunca aceptaría un cargo formal. 

—Ser dirigente exige vivir en reuniones y tengo un límite en mi capacidad de estar con otros. Al cabo de un tiempo tengo ganas de irme solo al bar a leer un rato. También intenté dos o tres veces participar del proyecto de elaboración de revistas literarias, pero encontré el mismo límite: hay que reunirse. En el fondo estoy esperando poder irme. Me quiero ir de todas las reuniones de cualquier género. 

En marzo tenía que juntarse con sus colegas de la cátedra de Teoría Literaria de la UBA para organizar el año. 

—Bueno, está bien, reunámonos. Pero les propongo una cosa: no nos contemos las vacaciones porque se nos van a ir cuarenta minutos hablando sobre las sierras de Córdoba. Si querés, después me llamás y hablamos. Tampoco nos saludemos, empecemos rápido con los temas.

A Kohan le encanta ir al aula y dar clases y sentarse a exponer en una mesa y escribir. Esa persona que detesta las reuniones, sí participa de eventos colectivos. Dice que en el único lugar donde está con otros y se siente bien es en la cancha de Boca y en manifestaciones. Marchó contra los indultos de Menem, contra ajustes salariales a docentes universitarios, contra el fallo 2 x 1 de la Corte Suprema que favorecía a exrepresores. 

Siempre marcha con el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), espacio político al que adhiere y que defiende públicamente en columnas de opinión y en mesas de debate. 

 

* * *

 

—¿Te puedo pedir un regalo? —le preguntó su esposa Alexandra días antes de que se casaran en noviembre de 2015.

—Claro, sí.

—Votalo a Scioli, por favor. 

—No, no, no. Pago la luna de miel en el Llao Llao y todo lo que quieras, menos eso.

Martín Kohan tuvo una etapa peronista en su juventud, y hoy es el resultado del peronista que fue más lecturas de Marx, Lenin y Trotski que lo transformaron en un trotskista de izquierda. Así y todo, acompañó a Alexandra y a otros amigos al búnker del Frente de Todos, en Dorrego y Corrientes, para festejar el triunfo de Alberto Fernández en las elecciones de octubre de 2019. 

—Yo fui, estaba aliviado y contento sin haberlo votado a Fernández. Perdón la inmodestia de contarlo, pero muchos me saludaban, me reconocían y me decían: “Venite con nosotros que acá te queremos”. Porque cuando un peronista te quiere es que te quiere hacer peronista, en eso consiste quererte. Te quiere tanto y te desea tanto lo mejor que te quiere peronista. 

—¿Qué detalles destacás de los primeros meses del gobierno de Alberto Fernández?

—Alberto Fernández es alguien a quien parece que el grito le estuviera prohibido. Cuando habla calma a mucha gente porque el contraste es siempre Cristina, que solo puede entonar, hipermodular, enfatizar. A Cristina le decían la maestra y ahora pasamos de la maestra al profesor. De la maestra del primario que te alecciona y reta y levanta la voz al profesor universitario que tiene una audiencia a la que ya no hay que retar, sino con la que hay que ser claro y reposado. El otro detalle que subrayaría es sobre el día en que va a asumir, cuando va en auto con el gesto de confianza del que maneja con un brazo fuera: situación controlada. 

—¿Te es útil la literatura para entender la política?

—La literatura tiene un grado de elaboración del lenguaje más sofisticado que otros usos sociales del lenguaje y, dado que es una forma más sofisticada de representar y de figurar, como laboratorio para pensar cuestiones, es óptima, me fascina. La literatura es un laboratorio donde pensar cuestiones con más intensidad y con mejores herramientas que la realidad misma y, obviamente, respecto de esa realidad. Lo que me entusiasma de la literatura es la posibilidad de complejizar la reflexión.

En su novela Museo de la revolución, Kohan reivindica la potencia ideológica de Marx, Lenin y Trotski, y reflexiona sobre la conexión entre la vida privada y la pública. ¿Se puede acomodar la vida amorosa a una práctica política? Museo de la revolución se mueve en dos carriles: el de una noche de 1975 en que el militante desaparecido Rubén Tesare muerde el anzuelo y conoce a quien será su entregadora, Fernanda Aguirre; y el de un viaje a México en 1995, donde Marcelo, el narrador de la novela, busca recuperar las memorias de Rubén. Si Rubén hubiera acatado la orden de someter su vida sentimental a las directivas de su partido, no hubiera desaparecido. “¿Las cuestiones sentimentales son también políticas?”, se pregunta Kohan.

Museo de la revolución es un intento por encontrar sentido al tiempo que pasó, a las semanas y meses en que se desbarató cualquier idea sobre la revolución, el cambio, la buena o la mala suerte, sobre el noviazgo de años y las relaciones muy intensas y profundas que duran dos horas de reloj, sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida se termina.

Martín sabe que él no va a ver la revolución, pero también sabe que ese futuro sin opresores ni oprimidos, sin capitalistas ni explotados le puede tocar a su único hijo, Agustín, que nació el 10 de junio de 2000, y a quien le dedicó la novela Museo de la revolución y su ensayo 1917

—Agustín refuerza algo que me enseñó la docencia: dar una discusión y no para ganarla, sino por placer. En otros casos para mí discusión es lucha y la lucha hay que ganarla, soy bilardista. Pero con un hijo es ridículo. 

Para Martín era una fiesta ir al cine de Callao y Corrientes con Agustín, y después ir al Burger King y charlar sobre la película que habían visto. Escribe sus novelas y ensayos en cuadernos de Winnie Pooh y de Toy Story porque siente un recontra afecto por algunas películas de Disney. Buscando a Nemo fue una obra importantísima para padre e hijo. Fueron a verla cinco veces al cine y la repitieron infinitamente en su casa. 

Buscando a Nemo es la historia de Marlin, un pez payaso que tuvo 500 hijos con su pareja, Coral. Pero tanto su mujer como sus hijos son devorados por un tiburón. A Marlin le queda un solo hijo, que tiene una discapacidad: una de sus aletas es más pequeña que la otra. A ese pez lo llama Nemo y durante toda su infancia lo sobreprotege. Luego Nemo es “raptado” por un buceador que lo quiere llevar a su pecera y todo el film es el viaje del padre para rescatarlo. 

—En Nemo están las escenas de crueldad por las cuales mi mamá no quería que nosotros (Martín y su hermana apenas menor Marina) viéramos películas de Disney. “Son como Andrea del Boca cuando habla con la madre muerta”, decía.

Agustín tardó tres funciones en tomar conciencia de que Marlin había enviudado y que 499 de sus 500 hijos habían muerto. 

—¿Qué pasó con la mamá de Nemo?

—En el mar vino un tiburón y se la comió. 

Martín le explicó a Agustín que Buscando a Nemo no es solo una película sobre la muerte, sino una película sobre la necesidad de no olvidar que fuimos amados. 

 

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—Martín tiene amores absolutos que no se superponen ni se jerarquizan. Estaba por escribir un libro sobre Boca y no pudo. Porque para él Boca es todo: cuando está en la cancha no entra nada más. Cuando está con la literatura no entra nada más. Cuando está conmigo no entra nada más. No es que le gusta más Boca o yo. Jamás le pediría que deje de ir a la cancha por mí. ¿Cómo le vas a pedir a alguien que querés que deje lo que quiere? Eso es no quererlo —dice Alexandra Kohan. 

El 20 de octubre de 2014, Boca jugaba de visitante contra Godoy Cruz y Martín Kohan estaba en la cancha con su pareja Alexandra. Habían ido a Mendoza por una charla que Martín daba en un congreso. 

—Estaba en Mendoza por la literatura. Y estaba Boca, que es la pasión más duradera de mi vida. Y Alexandra, que es la mujer de mi vida, todo a la vez, y me nació como un gesto de atesoramiento. Todos mis amores estaban ahí. Faltaba solo mi hijo Agustín. Y fue como expresar el deseo de que todo eso fuera para siempre.

—Quiero que estés en mi vida para siempre como va a estar Boca. ¿Querés que nos casemos?

—Sí, quiero.

A la noche en el hotel, Alexandra se ocupó de verificar si aquello había sido un exabrupto por la pasión futbolística. 

—¿Te acordás de lo que me dijiste hoy?

—Sí, sí.

—¿Lo ratificás?

—Sí, sí. 

Se casaron el primero de diciembre de 2015 y hoy quieren volver a hacerlo.

 

Martín Kohan le pide casamiento a Alexandra Kohan en el estadio Malvinas Argentinas, en Mendoza.

 

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—Alexandra no conoció a mi papá ni yo conocí al suyo (Julio Kohan). A veces me parece inaudito que alguien tan tan tan parte de mi vida no haya conocido a mi papá. 

Los papás de Martín, Aaron y Sara, no estudiaron en la universidad: Sara fue empleada administrativa y Aaron se dedicó a la carpintería y a la venta de muebles. A sus padres les dedicó Narrar a San Martín, un libro que fue la reelaboración de su tesis de doctorado: “Para mis padres, Are y Sarita, de su hijo el doctor”. 

—Mi papá tenía el secundario incompleto y mi mamá solamente había terminado el primario. Ella venía de una familia muy pobre y tiene esa idea altísima de la universidad —un tanto solemne— que corresponde a los que no pasaron por esa institución.

Martín Kohan interrumpe las clases, las conferencias y nuestras charlas por Zoom solo por su mamá, Sara. 

—Hola, mamá, estoy en una charla. Te llamo en un ratito. 

La respiración de Aaron Kohan, su papá, dominaba la casa a la noche y Martín, con 9 años, se acercaba a controlar que estuviera vivo. Cuando iban a ver a Boca a la platea alta, Martín subía corriendo ansioso por las escaleras para ver la cancha, pero tenía que esperar a Aaron. 

—Mi papá subía un piso y descansaba. ¿Qué significa descansar para un fumador? Fumarse un cigarrillo. Tenía 39 y sus pulmones ya eran una ruina. 

En 1986, Aaron Kohan, papá de Martín, tuvo un infarto —tenía 49 años y Martín 19—. Mientras llegaban al sanatorio con su mamá y su hermana en el auto, Martín le hacía respiración boca a boca y masajes cardíacos para salvar de la muerte al creador de su propia historia. 

—Habrá durado un minuto, pero para mí fue una eternidad sentir que se moría, que se iba. 

Logró sostenerlo con vida hasta entregarlo a la guardia del Sanatorio Mitre. Cuando entró se quedó ahí parado sin saber si su padre estaba vivo o muerto. Fue gracias a las películas y a las series que se le ocurrió soplarle en la boca y llenarle de aire los pulmones que no funcionaban.

—Mi papá fue un suicida lento. Atentaba contra sí mismo todo el tiempo. Llegué a esconderle treinta paquetes y nunca se dio cuenta. Había Parisiennes en el bidé, en la mesa de luz, en el comedor, en el sillón y en el auto. Mi papá tenía que tener con un gesto de la mano un paquete. 

En 2006 el sobreviviente de aquel infarto murió a los 69 años. Al pasar por delante de su casa familiar de la calle 11 de septiembre, en el barrio de Núñez, Martín vuelve a ver a su papá Aaron que, con un paquete de Parisiennes en el bolsillo de la camisa, lo saluda con la mano mientras fuma. Porque Martín sabe que Aaron sabe que los dos saben que los muertos nunca se despiden porque los muertos nos saludan. 

 

Martín Kohan lee El gráfico de niño en su casa del barrio de Núñez, en Buenos Aires.

 

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La transformación de Martín niño en adulto fue complicada y dolorosa y por eso en su nuevo libro Me acuerdo, de Ediciones Godot, no escribe sobre la adolescencia, sino solo sobre su infancia: su capítulo de aprendizaje más placentero. 

—Cuando tenía 9, 10 años decía: “Qué felicidad es esta edad. Nada va a ser así de feliz, esta libertad, las no responsabilidades y las tardes y tardes libres de verano para hacer nada. Ser chico”. Cuando eso empezó a terminarse vi venir algo que no me ofrecía nada.

Fue a un colegio judío en el primario, el Wolfsohn, y de todos los chicos, Martín fue el único que se negó a hacer el Bar Mitzvah. Pero no tuvo la firmeza para no ir al viaje de egresados a La Falda, Córdoba. 

—No recuerdo ni una cosa que pasara en La Falda que me diera felicidad. Nos llevaron a bailar a Villa Carlos Paz, a las siete de la tarde y estaba la bola de mierda esa de los espejos y las luces y yo pensaba: “¿Esta mierda es lo que viene? ¿Seis años de esta mierda de la bola y de las luces todo oscuro?”. Dije: “Basta de esta propuesta de cosas permanentemente grupales”, porque no me gustaba —no me gusta— la grupalidad. Y me escapé del hotel. Me fui a caminar solo y al volver bajé por el pueblo y me compré las revistas Goles y El gráfico. Fue un repliegue a mis cosas que me hacían feliz. 

Pero su propósito de detener el tiempo fracasó, el tiempo pasó igual y cumplió 12, 13 y 14, y se sometió a las salidas de varones, las fiestas y los bailes hasta que a los 16 dijo basta y se volcó plenamente a las cosas que le gustan: leer, escribir, estar en pareja, Boca, Boca, Boca, y pagó el precio por la autoexclusión. Dejó la cerveza, una cosa amarga que le parecía horrible, y se vinculó con quienes podían tener afinidad con él dentro de esa manera de ser. 

Hoy no toma alcohol, no fuma y empezó a tomar café de grande con el hábito de ir a los bares en la ciudad.

 

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Martín nació y vivió toda su vida en Buenos Aires. Tuvo ofertas de trabajo en otros países que eran muy tentadoras financieramente y las rechazó. 

—Si yo me suicido allá la plata no me luce tampoco. 

—Nunca viaja por placer, siempre por trabajo. Hace dos años fue a Alemania por cuatro días. Fue, dio la conferencia, estuvo medio día y se volvió. No se queda más días —cuenta Alexandra Kohan.

Cuando viaja a un lugar que no conoce, vive esa situación de incertidumbre con cierta dosis de angustia, no con curiosidad. Tampoco le gusta vivir en lugares donde el castellano no es la lengua porque detesta estar en estado de traducción. 

—¿Te pasamos a buscar para llevarte al Congreso?

—No, no hace falta. Voy yo solo. Gracias.

—Pero no, te vas a perder.

—No me voy a perder porque yo sé llegar. 

Dice que a veces las personas que son del lugar no saben cómo llegar, pero él sí sabe porque se fijó para no depender de nadie y para no pasar por la situación espantosa de no saber dónde está. 

 

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Bahía Blanca, nombre de la ciudad que funciona como acceso a la Patagonia en el sur de la provincia de Buenos Aires, es también el título de una novela escrita por Kohan donde Mario Novoa, profesor universitario y personaje principal, escapa a esa ciudad para olvidar una historia de amor. 

Este año se estrena la película basada en el libro de Kohan; la dirige el bahiense Rodrigo Caprotti y la protagoniza el actor Guillermo Pfening. 

Kohan actúa de un trabajador no docente de la Facultad de Filosofía y Letras. Es la tercera vez que actúa en un film, antes lo hizo en Otra vuelta, de Santiago Palavecino, y en La mirada invisible, de Diego Lerman, basada en su libro Ciencias morales.

—Me gusta mucho actuar. Tiene el problema de que es un poco grupal para mi gusto. Estás con gente todo el tiempo, muchas horas, y me cuesta. Espero no haber sido del todo antipático. Es muy lindo el clima de compañerismo y de solidaridad. Si alguien me lo volviera a proponer volvería a decir que sí porque me gusta la situación del cine. Pero tengo este defecto mío mortal: no soporto la cosa grupal.

Durante un congreso de Letras en Rosario a Kohan lo esperaban a las siete de la tarde para su exposición. Él llegó a las siete en punto. 

—Vas a estar leyendo tipo nueve y media.

—Pero faltan dos horas y media. 

—Es que vamos a tomar algo, pedimos unas empanadas.

—No, te agradezco. Vuelvo a las nueve y media. 

—Pero ¿a dónde vas a ir?

—Qué sé yo, no se preocupen. Estoy acá a las nueve y media. 

 

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Martín va en bicicleta a todas partes y sus jeans siempre se agujerean y la ropa no le interesa en absoluto, pero sí le importa la uniformidad: quiere que todo tenga la misma etiqueta y eso explica que use solo remeras y buzos de Adidas. Cuando en 2007 ganó el Premio Herralde de Novela por Ciencias morales, nadie pudo convencerlo de ponerse una camisa: fue con una remera. 

El Herralde de Editorial Anagrama lo colocó en el podio del prestigio del que forman parte unos pocos: abrió un nuevo plano para sus libros y para su recorrido literario.

—Me gusta mucho la escritura de Martín porque muestra un afecto por lo que escribe; no solo tiene un interés intelectual o político, sino muy emocional —describe Eduardo Grüner, ensayista argentino. 

—La literatura es fundamental para alimentar cierto modo de pensar. Siempre busco gente que diga cosas que incomodan o que no había visto o que dan perspectivas nuevas, y eso lo encuentro en la literatura de Kohan. Consumimos y tiramos muchos productos culturales porque no dejan nada. En cambio, hay cuadros, libros y películas que, si nos acercamos, nos pueden cambiar la vida y eso me pasa con la literatura de Martín. Cuando alguien escribe o pinta o hace una película porque está desesperado por decir una cosa o porque tiene muchísimas ganas de decir algo, se nota y te puede cambiar todo —cuenta Roberto Gargarella, abogado, sociólogo y académico argentino. 

—De Martín me atrajo siempre su discreción, su sentido del humor y esa especie de sarcasmo atenuado, que a mí me despierta un reflejo inmediato de confianza. Además, desde el comienzo descubrí su destreza como escritor y la firmeza con que se atenía a una elección narrativa. Me peleé varias veces defendiendo su literatura, y algunas de esas peleas tuvieron resultados penosos en mi relación con viejos amigos. Pero no me arrepiento. Desde el principio, hice una apuesta por su literatura —dice Beatriz Sarlo, crítica literaria y una de las intelectuales públicas más reconocidas de Iberoamérica.

Martín conoció a Sarlo cuando cursó en 1987 Literatura Argentina del siglo XX en la UBA. Ahí tuvo que dar un examen final cara a cara con ella. 

—Fue tremendo. Beatriz tiene una capacidad de compenetración y de escucha absoluta. Uno tiene la sensación de que no pestañea. Hasta que no terminabas no daba ningún indicio de lo que le parecía. Yo no juego al póker, pero si juego, quiero a Beatriz. Y cuando terminé la exposición, su devolución fue fenomenal. Fue muy generosa y elogiosa.

Después Beatriz y Martín se hicieron muy amigos y ella fue una de las primeras personas que lo visitaron en el hospital cuando nació Agustín, su primer y único hijo, a quien tuvo con Sylvia Saítta.

—Mi único disenso grave con Martín es que sea abstemio. Igual brindamos con bebidas de diferente efecto y calibre —comenta Sarlo.

—Aunque hubo una noche en que supe llevarla a Beatriz a tomar whisky en Rosario a uno de mis bares favoritos: Pasaporte. Espero haber sido un compañero digno porque efectivamente es un punto de desencuentro. No me gusta. Las bebidas alcohólicas que probé en mi vida, que serían cerveza, vino, champán, ginebra, whisky no me gustan. La sensación que atravieso al meter eso en la boca y tragarlo es de disgusto. Y como la vida ya nos da muchísimos disgustos, mi posición es no sumar disgustos innecesarios.

 

Martín Kohan toma una Seven Up y Beatriz Sarlo un whisky en el bar Pasaporte, en Rosario.

* * *

 

—Martín cuando escribe tiene una sentimentalidad basada en lo minúsculo, en los pequeños detalles, en una observación microscópica que genera una gran inteligencia crítica. Lo leo con gran placer porque su literatura produce incógnitas generales sobre la vida, que es lo que realmente interesa. Y además tiene una ironía de gran calidad —dice Horacio González, sociólogo y exdirector de la Biblioteca Nacional. 

—¿Para qué sirve la ironía?

—Es decir las cosas diciendo lo contrario, suponer que lo que estás diciendo no es exactamente lo que estás diciendo, sino algo que tiene mucha más potencia —explica Martín. 

—¿Qué diferencia hay entre el sarcasmo y la ironía?

—El sarcasmo no tiene esa sutileza, no tiene ese filo. No hace el juego de complejidad y es solamente agresión. Es solamente la carga de veneno del que tiene algún rencor y quiere descargarlo. Ironía y sarcasmo tienen un parentesco, pero son contrarios. La ironía es siempre un desafío al interlocutor, y el sarcasmo es solamente que el otro se la aguante. Es la idea de que hay derecho a maltratar al otro y que el otro se la tiene que aguantar, y esto con las redes se agravó. La ironía puede ser filosa y en la filosidad hay una provocación. Pero es productiva porque importa cómo reacciona el otro. En cambio, con el sarcasmo agresivo el otro reacciona con agresión o aguantándosela y ni una de las dos cosas es interesante: devolver no es interesante y tener que aguantársela, tampoco. Si Twitter fue declarado un territorio liberado para poder agredir y que el otro se la tenga que aguantar, es porque lo hicimos así y eso se puede cambiar. El juego de las redes no está escrito, se está escribiendo. 

—¿Quizá también la ironía tiene que ver con reírse de uno?

—Absolutamente. Pero me viene una imagen que vi en la infancia y que volví a ver hace poco: una foto de la Segunda Guerra Mundial donde hay tres o cuatro soldados nazis con un judío arrodillado, y una leyenda que dice: “Soldados nazis se divierten con un prisionero antes de ejecutarlo”. ¿De qué risa hablamos exactamente? Si se están riendo todos menos uno, esa situación es una mierda. Si hay uno del que todos se ríen y ese uno no se ríe, ahí hay crueldad, y lo contrario de la crueldad es no ser un sorete. Muchas veces los que te invitan a reírte de vos mismo a menudo no se ríen de sí mismos; entonces, que no se hagan los boludos porque nos instan a que seamos víctimas pasivas de su crueldad en nombre de la risa. No. Risa es cuando todos estamos dispuestos a reírnos empezando por nosotros mismos. Entonces sí nos reímos todos, empezando por uno mismo, y yo, efectivamente, que no tengo una concepción muy buena de mí, cómo no me voy a reír.

“En las primeras fotos, las del invierno, aparecían solamente los nenitos”. Así empieza Fuera de lugar, de Martín Kohan: la novela preferida de Horacio González con personajes que, como los soretes vocacionales sarcásticos que describe Martín, lucen como una versión concentrada del infierno, una inmundicia humana. El asunto de la novela es un grupo de comerciantes que les sacan fotos a nenes desnudos para vendérselas a pedófilos dueños de grandes fortunas en Rusia: “Existe gente que prefiere mil veces ver antes que hacer —escribe Kohan—. Para hacer hay que estar ahí, involucrarse en más de un sentido, hacerse cargo de otro, tocar y ser tocado. Muchas personas escogían la pura mirada”. González destaca cómo Kohan logra los aplausos de la academia y del mercado por su prosa fuerte, atractiva, que marca los límites éticos con un argumento excelente y un estilo marcado: su objeto es el débil, el infante, el que no tiene voz. 

En Fuera de lugar, Santiago Correa se saca fotos desnudo con los nenes destinadas solo al Este antes de que exista Internet y, años después, se pasa horas chequeando cientos de páginas webs pornográficas para ver si las fotos circulan por todas partes, sin control ni restricciones. ¿Cómo estar seguro de que no podrían llegar ahora a cualquiera, de que nadie podría dar con ellas y verlas, a fuerza de ponerse a navegar? “Vio a una mujer marcada a latigazos que aullaba de placer encadenada; vio a un hombre quemando las puntas del pecho de otro hombre con el goteo anticipatorio de una vela; vio a una mujer en cuatro patas cuyo culo ya no se cerraba; vio una mano metida en un culo: entera; vio dos pijas metidas en una misma concha”. 

—¿Vos qué pensás de la pornografía?

—Me alegro de que a vos y a Horacio les haya gustado la novela, a un crítico de La Nación que evidentemente es más pudoroso, más puritano, no le gustó. Es una zona muy compleja para mí porque tengo muy claro lo que pienso y no puedo ser consecuente con eso. Yo estoy en contra de la prostitución. Estoy a favor de la libertad sexual, de que cada uno haga con su cuerpo lo que quiera sin más restricciones que las evidentes: no violentar a otro. Cuando la necesidad de dinero ocupa el lugar del deseo atenta contra la libertad sexual. Acostarse con alguien a quien uno no ama ni desea, acostarse con alguien con quien uno preferiría no acostarse me parece especialmente dañino en el sentido de que involucra la intimidad, el pudor, el deseo, la sexualidad. La palabra “pornografia” viene de porne, que en griego es ‘prostituta’. Tiene que ver con lo mismo, pero veo pornografia; por lo tanto, es una contradicción que me habita fuertemente. 

Martín y Alexandra Kohan escribieron una nota en revista Noticias donde decidieron mirar a su alrededor para contar lo que ven: una moral represiva muy fuerte en la sociedad. 

—Niños, no. No hay que cogerse a los nenes ni a las nenas. Cogerse a un niño es violento. Pero una mujer joven no es una niña, esa clase de subestimación es muy, muy machista. Las mujeres no son pasivas, no son tontas ni necesitan tutelas. Están quienes se constituyen en el lugar de decir lo que se puede y lo que no se puede, lo que es correcto y lo que es pecado. Hay prejuicios muy machistas en suponer que una mujer de 19 años es débil y pasiva frente a un hombre de 30. Creer que porque un hombre tiene 30 es seguro de sí mismo, fuerte y domina por completo una situación es otorgarle una posición de poder finalmente admirativa. ¿Tanta admiración por ¡¡¡el hombre!!! y la mujer chiquitita sexo débil con minúscula a la que hay que proteger y preservar porque si no está a merced del hombre que tiene el poder? 

 

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—Martín no tiene ningún rasgo de macho, ninguno. No es el prototipo de macho, basta verlo. Cumple con todos los estereotipos de la imagen de hombre sensible que no está permitida —afirma Alexandra Kohan, quien tomó más conocimiento público después de escribir Psicoanálisis: por una erótica contra natura, el segundo libro más vendido de Baja Libros en 2019, que la llevó a debatir con Tamara Tenenbaum y con otras autoras feministas en distintas notas periodísticas sobre los imperativos de la corrección política y sobre protocolos moralizantes en torno a lo sexual.

—¿Martín es feminista?

—La vida que nosotros tenemos es una vida feminista, de paridad económica en el sentido de cómo está distribuida la economía en esta casa —responde Alexandra—. También lo es en el modo en que cada uno le da lugar al otro. Yo no me quedo tranquila diciendo: “Soy feminista”. Las reivindicaciones del feminismo nos interesan a los dos, por supuesto. Hay una pregunta que me hacen siempre algunas amigas que a mí me hace sospechar un poco qué tipo de hombres tienen al lado: “¿Ahora que sos más conocida, Martín no se pone celoso?”.

No, no solo no se pone celoso, sino que me empuja. Todo el tiempo me está reconociendo en lo que hago. A veces te diría que me idealiza. Además, si lo conocieras a Martín jamás se te ocurriría pensar que está incómodo con mi modo de participar de la escena pública.

Martín dice haber encontrado a alguien con quien compartir la existencia. 

—El final de una relación tiene lugar cuando ya no tenemos ganas de contar historias ni demasiado interés en escucharlas. Y Alexandra me escucha apasionadamente. Hay algo de tener una buena vida en la rutina que no siempre me salió. Con Alexandra encontré razonablemente eso. Me enseña a compartir las cosas, a concederlas y a no tener que pedirlas. 

Alexandra dice que Martín es un compañero de baile maravilloso y encuentran razones para ponerse a bailar en su casa de Villa Crespo el mejor lento del mundo, a salvo al fin del coronavirus y de todos los dengues.

—No soy muy de bailar en público, pero en casa sí pongo canciones y bailo. Todo puertas adentro; me encanta bailar lentos con Alexandra. También imito a Mick Jagger y a Freddie Mercury. 

Una noche estaban cenando en un restaurante con Alexandra y en la mesa de al lado había un padre con su hijo charlando y le suena el celular al padre. 

—Estamos bien, está comiendo un bife de chorizo con papas. Sí, sí, tenemos paraguas. Beso. 

—Comentamos con Alexandra si la escena inversa se produciría. ¿La madre le tiene que rendir cuentas al padre si está comiendo, si está bien? ¿Hay igualdad ahí? ¿Es el padre el que tiene que rendir cuentas de lo que hace con el hijo porque el hijo es de la madre? Tuve a mi hijo con una persona que no es feminista. Incluso ahora en la cuarentena me pregunto por qué los hijos se quedan con la madre. En un modelo igualitario, la crianza es responsabilidad de los dos y el sostenimiento económico también. Cuando un padre no se borra y está ahí para participar en pie de igualdad de la crianza del hijo no hay por qué relegarlo a la cuota alimentaria y al régimen de visita. 

—¿Fracasaste?

—En varias cosas. Mi primer gran amor fue a los 15 y nos pusimos de novios a los 16, 17. Yo quería estar con ella toda la vida: Nos casamos a los 24 y a mí me gustaba no solo estar con ella, sino la idea de tener una sola mujer toda la vida. Yo pensé que eso lo iba a tener, que era ella y que era ese vínculo que teníamos. Y no fue. 

Se casó en 1991 con su novia de toda la vida y se separaron en 1997 y como le gusta mucho la vida de pareja (“Estar soltero no me hace feliz y no le veo ventajas”, dice), empezó rápidamente otra relación con la mamá de su hijo, Sylvia Saítta. Sylvia y él ya no están juntos, y Martín dice haber fracasado en decisiones que tomó sobre su hijo. 

—No pude con la cultura machista que hay en este país y en parte en mí también. En el fondo yo también pensaba que una madre es más confiable que un padre para cuidar a un hijo. Acepté cosas que no debería haber aceptado de ninguna manera. Que la madre decida cuándo lo veo. Con ella está, y el padre lo visita, con ella está, uno lo ve, y el tiempo que el hijo pasa con uno es el tiempo que la madre cede. Ese modelo familiar me parece lamentable, y no logré definir algo distinto en mi familia, en la familia que formé con la madre de mi hijo y con mi hijo. Ese es mi fracaso más grande. 

El protagonista de Cuentas pendientes, Lito Giménez, soberbio, reaccionario, de setenta y pico y que adeuda cuatro meses de alquiler, ya no espera nada más de la vida, se conforma con que no lo jodan. Martín dice que no hay paralelismo posible entre Giménez y él porque ser viejo supone que la muerte está en el horizonte y él tiene 53 y no se siente viejo porque dice estar físicamente muy bien y además no piensa en su muerte en ningún momento. No piensa a la vida como si fuera una cuenta regresiva de lo que le falta por hacer. 

Un día quizá la vida de Martín cambie rápido y en un instante. Un día puede ser que Martín se siente a cenar y que la vida que conoce se termine. Una mañana de domingo como otra cualquiera puede suceder lo impensable. Pero hoy Martín se siente muy feliz con lo que tiene: la literatura, Boca, Agustín y sus días llenos del sonido de la voz de Alexandra.

 

POR RAMIRO GAMBOA

ILUSTRACIONES: JHON MÁRQUEZ

PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL: LUCAS BAYLEY

 

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