“Macri no tiene ni piedad”

POR RAMIRO GAMBOA

“Macri es autoritario y verticalista. Es un maltratador”, dispara Sarlo en su oficina de Talcahuano, a tres cuadras de la Avenida Corrientes; sus palabras a veces se llenan de ironía, son filosas e inevitables. Es un objeto irritante de amor-odio para sus seguidores. Se licenció en Letras en la UBA, fue profesora de literatura argentina contemporánea durante veinte años, publicó más de veinte libros, escribe artículos semanales en Perfil, da seminarios en las universidades más prestigiosas del mundo —Berkeley, Columbia, Maryland— y no elude el mass media: va a programas hiperpolíticos como A dos voces y de hipermasividad como Animales Sueltos.

Un pensamiento independiente es un lugar incómodo y tambaleante, y ella lo sabe: es amante de las paradojas y de las contradicciones. Transita senderos elegantes y borgianos para explicar la política: ama los grises —esos rebeldes, desobedientes e inconformistas grises—. Es un espíritu libre que vive en la grisitud. «La única dimensión indispensable para un pensamiento independiente es la perspectiva crítica»

«Es un espíritu libre que vive en la grisitud»

En este departamento, desde 1978 y durante treinta años funcionó Punto de Vista: una revista cultural dirigida por Sarlo.

Sarlo, la cazadora

Sabe que mirar con toda la fuerza posible es decisivo y adopta la actitud de la cazadora:

Sarlo se mira con Emilio Monzó y ve a un político escuchable, y conversa por horas con Alberto Fernández y cree que tiene un análisis político extraordinario; y se mira con el Chino Navarro y no ve simplemente a un político basista; y con Marcos Peña, un político sectario —cuyo sectarismo es decir que no es sectario, como todo sectario—; y con Lousteau que le pregunta dónde está porque no sabe qué línea se toma: ¿la A, la B, la C?; y con Carrió a quien le desea que Dios la tenga en el infierno por haber hecho Cambiemos; y con Sanz, quien está aliviado por el reconocimiento del pecado de Lilita, y con Durán Barba no habla, lo ignora olímpicamente porque dice que es un ignorante, y con todos se mira y espera pacientemente que un socialdemócrata a la europea gobierne la Argentina.

“Los acuerdos se logran gracias a la rosca política, no por las redes”, dijo Emilio Monzó al ser elegido por cuarta vez consecutiva Presidente de la Cámara de Diputados por unanimidad. Monzó puede trabajar con un nivel de discurso, dice Sarlo, extraordinario. A diferencia de Lousteau: “Como politico dice lo que la gente quiere escuchar, sin originalidad, lo cual lo iguala mucho a la mayoría de los políticos.  No creo que la metáfora de la rosca —made by Monzó— se le hubiera ocurrido a Lousteau”.

«A Carrió le desea que Dios la tenga en el infierno por haber hecho Cambiemos»

Su diálogo con los intelectuales y políticos peronistas es permanente; se reúne seguido con Alberto Fernández: «Es un tipo de una inteligencia para el análisis político extraordinaria».

—¿Quién es Aníbal Fernández?

—Un político desagradable. No lo juzgo política ni ideológicamente, sino que juzgo su estilo. Se pueden tener varios estilos de ser kirchnerista y de ser peronista; y el de Aníbal es provocador y desagradable.

Sarlo dice que ningunea a Jaime Durán Barba, como los mexicanos que evitan a las personas nefastas, y que criticarlo es darle aire. Fontevecchia —CEO de Editorial Perfil, donde ella publica notas todos los domingos— me cuenta que la manera de hacer política de Durán Barba irrita a Beatriz porque la política posmoderna le produce rechazo: Beatriz es una representante del siglo XX —repleto de ideologías, distinto del XXI—.

Horacio Verbitsky nombra a Sarlo como la crítica literaria para devaluar sus observaciones políticas, pero ella nunca diría que él es nefasto, “fue un protagonista absoluto de la historia del periodismo”, reconoce. Pero Durán Barba es nefasto.

—¿Carrió te desilusionó?

—Uno no debía ilusionarse con Lilita. Lo que producía era una cierta admiración por su dinámica, por su estilo. Es una tipa ¡muy inteligente! Hablar con zonzos no es muy divertido. Ahora dice «soy la fundadora de Cambiemos» —actúa la voz—. Si fuera Sanz estaría aliviado, y si fuera Dios mandaría a Carrió al infierno.

No es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención, y Sarlo lo sabe.

Locura xeneize

La primera conversación que tuvo con Macri duró un minuto, cuando él era Jefe de Gobierno de la Ciudad. Estaban en el canal TN y Sarlo vestía un blazer gris con un pañuelo blanco y rojo, pero donde el rojo predominaba y a Macri le hizo pensar que era de River, el hecho maldito de la mente xeneize; le agarró el pañuelo, se miraron muy a los ojos y le preguntó: “¿Es de River?”. Lo bajo que son sus intereses cuando sale de la política, pensó Sarlo,  y para que se quedara tranquilo le aseguró que es de Ferro. “¡¡¡Menosh mal!!!”, contestó el actual Presidente.

Viviana Canosa le preguntó a Macri qué siente cuando sabe que hay muchos chicos que no pueden comer. “Hay un millón y medio de personas que hoy tiene cloacas y antes no tenían y convivían literalmente con la mierda, eso significa convivir con enfermedades que no te permiten ni siquiera desarrollarte”, se limitó a contestar.

—¿Cómo reaccionás ante las palabras del Presidente?

—Que la lleve a Antoñita, que la deje sin comer durante quince días y que la lleve a pasear sobre el asfalto. Eso marca una ideología de clase que es férrea, no tiene ni piedad.

«Que Macri la deje sin comer a Antoñita y que la lleve a pasear sobre el asfalto»

“Macri es autoritario y verticalista, maneja el ejecutivo como un dueño de empresa. Cómo maltrató a Monzó es inexplicable, yo le mandaría unas flores para la mujer todos los días. Es un maltratador, así lo maltrató a Prat Gay, lo echó y lo hizo ir a la Patagonia para decirle «tomátela»”.

Beatriz les pide a los políticos que sean cultos. Es indispensable para que sus programas políticos o sus ideas lleguen a alguna parte. Los llegados de afuera, tipo Tinelli, no son un aporte; lo vimos con Reutemann, quien terminó con media Santa Fe inundada, y él andando en motito por las inundaciones. La política requiere una formación.

«Macri es un maltratador», asegura Sarlo.

Bajar es lo peor

Che, me dice Beatriz, esperá que me voy a fumar un cigarrillo; fuma con boquilla francesa cinco por día —Dunhill International—. Respeta sus horarios estrictos y no se excede para poder hacer mucha actividad física. La agilidad para el pensamiento político se asimila al repentismo que le exige su deporte favorito: el tenis. Repentismo es estar alerta, saber cuándo empezar a correr. No pisar el palito: son reflejos.

Es el momento de aplastar el cigarrillo en el cenicero —uno de vidrio con forma de gacela—. Recuerda que cuando empezó a hacer algo distinto de lo que supuestamente debía hacer, empezaron los quilombos en su casa.

Beatriz tenía, entonces, diecisiete años —edad suficiente para sentirse inmortal— cuando decidió levantarse todos los días a las cuatro de la madrugada. No dormía: “Hoy dirían hay que llevarla a un psiquiatra, hay que llevarla a un psicólogo”, cuenta. El calor adormecedor del sol entraba por la ventana durante un verano en donde pasó por una crisis seria. Tomaba artemisa —un derviado del absenta— todo el tiempo, y eso generó algo en ella, la cambió; decidió engañar a su familia y se inscribió para estudiar primero, Filosofía —acto fallido— y después, Letras en la UBA.

No dormía: “Hoy dirían hay que llevarla a un psiquiatra, hay que llevarla a un psicólogo”

Ruptura irreversible. Se alejó para siempre de su familia. “La cuestión de honrar a los padres, del hijismo y del familismo me son cuestiones completamente ajenas”. Su madre aspiraba a que fuera una universitaria exitosa como dos de sus primas mayores: una arquitecta y la otra química. Piró por completo.

Si pudiera volver a ver a alguien —me mira muy a los ojos—, elegiría pasar un rato junto a Héctor Raurich. Tarde lenta y quieta, de pura eternidad.

Le costó mucho vivir fuera de casa durante esos primeros años. No tenía plata, estaba muy a la deriva, tomaba vino blanco todo el día —además del absenta— y el sol del amanecer la dejaba ciega por un rato. Se arrepiente de haber tomado tanto. «Bajar es lo peor», titularía la periodista predilecta de Beatriz, Mariana Enríquez.

La muchacha que fue

Enamorarse es inevitable, uno no puede controlarlo. Sarlo siempre encontró hombres que tenían otros oficios —pintor, arquitecto, cineasta— de los cuales aprendió “como loca”. Si el amor consiste en encontrar a alguien con quien compartir nuestras rarezas, Sarlo encontró rarezas ajenas y las incorporó.

Juan José Sebrelli, quien conoce a Sarlo hace sesenta años, cuenta: “El primer amor de ella fue un pintor. Cuando se fue de la casa los dos eran pobres. Como no tenían donde irse, y no podían alquilar un depto, se fueron a vivir en una casa muy rara a la que yo iba, una casa en la calle Humboldt, Palermo”. Iba al sótano de la casa donde vivía Beatriz y escuchaban juntos al filósofo y crítico de arte argentino, Héctor Raurich; maestro intelectual de ambos, hombre de izquierda y socialista.

Todos los sábados Raurich discurseaba, y Beatriz, como quien escucha a Dios, se sentaba y lo miraba, proyectaba, soñaba. Héctor le señaló el camino hacia lo inalcanzable: un faro en la noche.

“El primer amor de ella fue un pintor»

—¿Cómo caracterizás ideológicamente a Beatriz? —le pregunto al exdirector de la Bilblioteca Nacional, Horacio González.

—Una persona cuyo sentimiento cultural liberal del presente la lleva a confrontarse permanentemente con la muchacha que antes fue. Ese es su tema me parece. Quién es uno cuando ya dejó de ser lo que sus recuerdos de los setenta la ponían en estaciones ferroviarias del conurbano a las 6 de la mañana repartiendo volantes.

Mario Greco duda de la no melancolía de Sarlo porque, según su hipótesis, tiene un recuerdo gozoso de su experiencia en los años sesenta porque ella, como tantos otros tipos, pensaba que vivía para cambiar el mundo. Beatriz dice que la guerrilla le resultaba una especie de brote elitista y aristocrático dentro del peronismo, y ella era muy basista, y no le gustaba la violencia, por eso, su paso por el peronismo fue fugaz y cuando volvió de un viaje por Trelew —año 1971— se dio cuenta de que todo el peronismo que conocía iba hacia la guerrilla y partió hacia el Partido Comunista Revolucionario —universo maoísta— y se reconcilió su ideología de izquierda con su práctica política. Pero le pidió al director del partido que le diera permiso para ir a Ezeiza a ver a Perón, y fue.

La pasión es la pasión y siempre ha sido origen de las mayores y más impensables locuras hasta en las personas más templadas.

Beatriz dice que la guerrilla le resultaba una especie de brote elitista y aristocrático dentro del peronismo

Sarlo nunca simpatizó con la guerrilla; sin embargo, se alegró de que mataran a Aramburu porque le pareció que era merecido, que ese tipo, militar fue responsable de fusilamientos.

Busca, busca y busca

Le gusta la idea de buscarse la vida: de buscar. “Beatriz no es dogmática ni sectaria, ha buscado y cambiado mucho y tiene una mente abierta”, dice Juan José Sebrelli.

“La mayoría de los intelectuales con los que trabajé dan siempre vueltas alrededor de los mismos temas. Beatriz podría haber dicho: soy una experta en literatura argentina, experta en Borges, me dedico a viajar por el mundo hablando de Borges; podría haber vivido de eso el resto de su vida y, lejos de hacer eso, le encanta tomar riesgos, polemizar, discutir; le encanta pensar”, dice Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI. Carlos cumplió el sueño del pibe cuando debutó como editor del libro de Beatriz, Tiempo Presente. El texto fue elegido el mejor del año, tapa de Clarín y agotó varias ediciones.

«No es dogmática ni sectaria, ha buscado y cambiado mucho y tiene una mente abierta”

Sarlo es masiva, pondera Jorge Fontevecchia, porque llegó a su punto de sabiduría: “La masividad en ella es el resultado de la excelencia, de haber llegado a un punto en su vida en donde no tiene ningún temor y prejuicio al que dirán”.

Como buena intelectual crítica, la corren por derecha y por izquierda. Ni yanqui ni marxista, su patria es siempre sarlista. Fontevecchia elogia su elocuencia: “Tiene una valentía oral que la distingue, gran polemista”. El sociólogo Marcos Novaro está convencido de que Beatriz es la intelectual pública más exitosa de esta época: “Hay que sacarse el sombrero; es la persona que ha logrado sortear las barreras que limitan el impacto que pretenden tener los intelectuales no periodistas en la opinión pública”.

Ese éxito tiene mucho que ver con el rol que cumplió de crítica no virulenta del kirchnerismo. Beatriz fue la intelectual que se tomaba el trabajo de ir a los actos kirchneristas para ver qué pasaba. Estableció algún tipo de diálogo: en tiempos de grieta, supo construir puentes sobre las fisuras.

“Sabe debatir. Tiene un entrenamiento mediático interesante; siempre provoca con lo que dice. Su saldo me da positivo, el análisis crítico siempre es valioso más allá de las diferencias abismales que tenemos”, reflexiona Cynthia García, actual directora de la revista digital La García y experiodista de 678.

La única dimensión que a Sarlo le parece indispensable es la perspectiva crítica para un pensamiento independiente; aunque dice no poder dar recetas: “No sé ni siquiera si yo tengo ese pensamiento”. Ligereza maravillosa.

«No tiene ningún temor y prejuicio al que dirán»


No es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención, y Sarlo lo sabe. «Es una intelectual de izquierda, siempre lo ha sido», asegura el sociólogo Marcos Novaro.

Hoooy en 678

Fue a 678 porque se siente segura en términos progresistas. Hay antikirchneristas, razona Carlos Díaz, que eran fundamentalistas, puro odio. Beatriz fue todo lo contrario, siempre dialogó con quienes pensaban distinto; “Cuando la invitaron a 678 dio la discusión, y estaba en minoría. Rescato la voluntad que tuvo, todas las veces que la invitaron a polemizar, accedió”, dice Díaz. La ambición siempre es sospechosa en una mujer; muchos han intentado rebajarla públicamente y casi todos fracasaron.

«La ambición siempre es sospechosa en una mujer; muchos han intentado rebajarla públicamente y casi todos fracasaron»

Josefina Licitra en su magnífico perfil sobre Beatriz Sarlo de 2013 dice: “Contra todos los prejuicios, no era una intelectual de escritorio. Tenía eso que se llama ´calle´. Y la calle terminó de verse cuando Orlando Barone avanzó con un discurso usual dentro del programa:

—Uno se siente más aliviado cuando en el lugar donde trabaja no hay que ocultar crímenes de lesa humanidad —dijo Barone.

—Conmigo no, Barone —lo interrumpió Sarlo como si espantara una mosca—. Conmigo, no. Barone vos trabajaste en Extra, trabajaste en La Nación, aguantaste hasta donde pudiste. Llamá a alguien de Clarín, yo soy una columnista de La Nación y trabajo tres veces por semana en radio Mitre, no voy a responder por esos medios.

La frase “Conmigo, no” fue, desde ese momento, un vértice en la vida pública de Beatriz Sarlo. Pasó de ser conocida a ser famosa”, detalla Josefina Licitra.

“Fue un error que el debate en 678 fueran siete contra uno”, entienden tanto Víctor Hugo Morales como Cynthia García. A ambos, como seguidores de 678, les parecía rabiosamente raro que fueran tantos confrontando contra Sarlo y dicen que le jugó a favor. Concluyen, como quien se licencia en la derrota: «la que ganó el debate mediático fue ella».

Nora Veiras, quien estaba presente en el programa, también hace autocrítica: «El programa no estaba pensado para un debate. Había una mayoría que tenía un pensamiento distinto del de Sarlo. Parecía que estábamos todos contra ella, pero era la estructura del programa la que condicionaba la posibilidad de establecer una simetría».

Cynthia García: «La que ganó el debate en 678 fue Sarlo»

“Cristina podría haber dirigido 678. Sandra Russo es como una especie de Cristina chiquitita, no estuvo en la Patagonia ni se casó con Kirchner, pero eran iguales”, dice Sarlo con la elegancia de una buena cachetada.

Good bye La Nación

Sarlo se topó con un dedo acusador distinto al de 678; Gabriela Michetti la echó de La Nación —la hizo echar—, fue en 2013. Sarlo escribía un perfil semanal de un candidato y cuando le tocó retratar a Michetti, la criticó con dureza. Esa misma noche fue a buscar a un amigo suyo —quien era su editor en ese momento—, iban a cenar, y su compañero salió demudado y le dijo: “Vino Michetti, amiga de las mujeres de los dueños —no hay nadie más poderoso en La Nación que las mujeres de los dueños— y armó un lío, citó a periodistas en su casa, picada mediante, y los convenció de no publicarla”. Ahí dio un paso al costado. La esposa de Fernán Saguier, de los hermanos Saguier, es quien está más cercana al universo de la redacción, fue quien armó el quilombo junto a la actual Vicepresidenta.

Gabriela Michetti me echó de La Nación

Y hoy trabaja en el diario Perfil, “un diario absolutamente libertario”, describe; y su director, Fontevecchia, dice que ambos son liberales de izquierda y que los dos criticaban al kirchnerismo, pero no desde la derecha; Sarlo piensa que un periodista no debe escribir solo sobre lo que le gusta porque eso hace que, de inmediato, baje la calidad de los diarios. Y resulta una definición completamente ajena a lo que debe ser el periodismo. Elige leer a Mariana Enríquez, su periodista preferida y respeta la continuidad de Magdalena Ruiz Guiñazú.

Está segura de que Jorge Lanata —al igual que Botana con el diario Crítica y  Timerman con La Opinión— inventó el medio más renovador del periodismo argentino de los años noventa: Página 12.

Conmigo no, Cristina

“En Cristina se le jugaba un déficit de género. ¿Por qué valora a Néstor, a Solá o a Duhalde y denosta a Cristina?”, se pregunta Cynthia García y dice que es un oxímoron porque las ecuaciones de distribución fueron con Cristina, no con Duhalde ni con Solá. “Si Cristina fuera hombre ella no hablaría tan mal”, dispara.

“Cristina Kirchner marca un liderazgo femenino que a muchas mujeres incomoda. Es una mujer construida a partir de sus convicciones, que desafía un poder establecido y que dice cosas que molestan y eso, dicho en boca de una mujer, incomoda al poder y a otras mujeres. Además es una linda mujer y eso incomoda mucho más. A Sarlo le resulta insoportable la competencia”, dice una de las directoras de Página 12, Nora Veiras.

Sarlo habla de mentira suave. “Sí, compartíamos el género y la boutique. Es una pavada completa”, responde Beatriz a lo que dicen Nora Veiras y Cinthia García. “Hice el retrato de Elisa Carrió y elogié su habilidad para sus transformismos políticos. ¿Qué es Lilita? ¿Es trans? Es una falta de respeto importar un fenómeno ideológico que anda por el mundo a la caracterización que uno hace de los políticos”.  

«Pensar que critico a Cristina porque compartimos el género es una pavada completa»

Sarlo sabe que la soledad entre la muchedumbre política es la peor soledad y por eso, se alineó a Margarita Stolbizer cuando no tenía a nadie que la respaldara públicamente; defendió a Carrió cuando era indefendible (antes de Cambiemos); y con Graciela Fernández Meijide, lo mismo. “Que revisen lo que he escrito”, les dice a Veiras y a García como Tarzán, agarrado de la liana, matando en la selva para que no la maten.

También Sarlo escribió que Gabriela Michetti es una tonta, y ha escrito de tantos hombres que le parecen unos retardados. “¿Mi condición femenina también me hace decir que determinados tipos como Scioli o Macri me parecen unos tontos?”, pregunta y declina la mirada.

“Tipos como Scioli o Macri me parecen unos tontos”

A Cristina Kirchner y a Néstor los conoció por primera vez en 2003. Hay una anécdota que forjaría una marca indeleble entre Beatriz y Cristina. Fue invitada a almorzar a la Casa Rosada junto a Julio Bárbaro y Tulio Halperín Donghi. Néstor no se sentaba a la mesa, iba  y venía. Sarlo le dijo a Kirchner: “Presidente, yo tengo miedo de lo que puede hacerle el peronismo a usted”. “Quédese tranquila”, le contestó Néstor. La ubicó. Le hizo ver que ella no estaba calibrando al tipo que tenía adelante, la hizo ver lo ingenua que era; y eso esperaba ella de un político.

Luego, cuando llegó Cristina a la mesa sí se sentó —a diferencia de Néstor—,  dominó la conversación y le empezó a dar clase de historia a Halperín Donghi y explicó la lógica de Hegel. La pretensión de intelectual de Cristina a Sarlo le resulta insoportable. Su enfado hace que el aire de su oficina se vista de un color particular. Prefiere a un político fáctico como Duhalde.

Recuerda que cuando salieron del encuentro, Tulio le dijo: “Si yo tengo que volver acá para ver a Néstor vuelvo mañana caminando desde Luján, pero para esta señora, no”.

Sarlo no compite con los políticos porque sabe que no quiere ser política, sino ayudar a un político.

—¿Te sorprendió que Macri presentara el proyecto de legalización del aborto?

—Sí, podría no haber habilitado el tratamiento. Es probable que el sea un laico, pese a su pasado en el Newman y los monjes. Tiene algo del carácter laico, de una burguesía que no hace guerras ideológicas porque sus negocios se perjudican por esas guerras: perjudican el libre desempeño de los negocios.

Si lo hubiera aprobado, Sarlo lo hubiera felicitado. Cristina, entiende, es ideológica y estaba en contra. El bloque de Cristina no se tomaba un café sin que Cristina lo avalara y, por eso, no presentaron el tratamiento del proyecto en el Congreso.

«Macri me sorprendió cuando habilitó el tratamiento del proyecto de legalización del aborto»

Sin reconocerlo, Sarlo lucha contra la estrecha jaula de las convenciones y cree que el empowerment de la mujer incluye o no incluye hijos según su voluntad. El empowerment es incluirlos o no incluirlos, no es tenerlos y además de eso ser miss universo: eso no. Sarlo tenía entonces 17 años, y estaba convencida de que no quería tener hijos, s-e-g-u-r-a, deletrea. “Lo revisé de manera consciente; No hubiera podido vivir la vida que viví y, a veces, pienso el infierno que hubiera sido mi vida”, dice la intelectual que no iba a quedar atrapada en una trampa del destino, en la triste jaula de lo doméstico, ni encerrada en obligaciones subterráneas.

«El empowerment no es demostrar que podés tener cinco hijos y además cantar bien una ópera de Berni. No se trata de la omnipotencia», dice Sarlo.

Isla bella

“Cuba tiene una gran medicina,  no es necesariamente por cuestiones ideológicas que Cristina mandó a Florencia. César Jaroslavsky —exjefe de la bancada radical— fue a curarse a Cuba. Sarlo tiene que entenderla”, exige José Pablo Feinmann.

—¿Qué pensás de Florencia Kirchner en Cuba?

—Un acto típicamente cristinista, es como sus vestidos, algo típicamente cristinista, ¿una persona que tiene que curarse del estrés en Cuba? Las alertas rojas no funcionan ahí, ella tiene que declarar, se explica todo perfecto. Cristina no es ninguna idiota, quiere tener un respaldo: salir a un lugar donde no haya extradición y esos lugares son pocos. Sobre todo, donde ella sea recibida con la pompa que ella cree merecer. No se puede ir a las islas Seychelles.

«¿Una persona que tiene que curarse del estrés en Cuba? Un acto típicamente cristinista»

A Sarlo le parece extraordinario convertir el estrés en una enfermedad que te obliga a ir a Cuba: Pero que la hija se tenga que curar en Cuba porque se le hinchan un poco las piernas, ¡¡¡Por Dios!!! Si fueras a operarte un cáncer a los Estados Unidos, como lo hizo Timerman, agarrá, extendé un cheque y andá.  Pero ¿un estrés causado por la ´feroz persecución´?

“Ella tiene cierto desprecio meticuloso hacia Cristina. Los artículos que escribía de Cristina sobre modismos, estilos, vestimenta, gestualidad denotan que tenía una especie de semiología hirviente sobre Cristina; echaba agua hirviendo”, entiende Horacio González. Habla de una semiología adversa constante.

“Hay un antikirchnerismo en Sarlo, que no es antiperonismo y que es básicamente una molestia a todo lo que tenga que ver con cierta añoranza o cierta memoria de la izquierda peronista de los setenta, que no tolera. Es un antimontonerismo, una cosa muy contra la soberbia montonera. Es casi una cuestión de estilo”, dice el sociólogo Mario Greco, quien conoce a Beatriz desde su adolescencia.

«Sarlo no tolera cierta memoria de la izquierda peronista de los setenta»

—Las personas son responsables después de los 16, 17 años o sea que si vos estás haciéndote la tonta en Nueva York y filmando películas a los veintipico, tenés que saber de dónde sale esa plata; lo mismo Macri. El caso de nuestro Presidente es igual: nunca se preguntó de dónde salió la plata. Hay una idea de la responsabilidad. Florencia Kirchner vivió como una princesita toda su vida. Tenés que pensar, no podés decir: “¡Ay!, me encontraron una caja fuerte con plata fresca”. Es responsable de cómo transcurrió su vida a partir de un momento; tendrá que bancársela si vivió como una duquesa; es así la vida.

“Además la Argentina, un país donde hay más psicoanalistas, psicólogos y psiquiatras que en la Viena de Freud, es completamente increíble. No puede aceptar eso con cara de bobita. Me resulta insultante. Trata a su hija como miembro de la nobleza. ¿Cuántas mujeres pasan por la situación de ella y están yendo a hospitales públicos? Ni siquiera a Swiss Medical y no tienen los tratamientos supersofisticados.

«Florencia Kirchner tendrá que bancársela si vivió como una duquesa»

«Siempre Cristina se trató como miembro de la nobleza. No se puede hacer esa exhibición de vestuario que ha hecho Cristina”, ironiza y los ojos se le llenan de furia.

Sarlo mira a Lavagna

“Beatriz si fuera española putearía a Podemos y estaría hablando bien de Pedro Sánchez como ahora habla bien de Lavagna. Ella opta por un modelo que la deja más tranquila después de haber fracasado, porque la gran apuesta de muchos fue la del gobierno de la Alianza, una catástrofe. Chacho Álvarez era su esperanza secreta, una versión socialdemócrata y popular parecida a la opción de Lavagna, quien aleja el nacionalismo setentista de Cristina y la catástrofe del macrismo”, reflexiona Mario Greco. Y le gustaría saber si Lavagna le resulta estimulante o si es el mal menor.

Sarlo mira a Lavagna, lo escucha y se pone en modo esponja. Mal menor no vota. Así como votó en blanco en el balotaje de las últimas elecciones presidenciales, lo volvería a hacer. “Si yo votara a Lavagna, como lo voy a votar, es porque haría transformaciones que yo acompañaría”, se esperanza. Una frase del exministro de economía la seduce: “Voy a examinar toda medida de gobierno desde el punto de vista de la redistribución del ingreso”.

«Voy a votar a Lavagna»

“Puede tener buenas intenciones, pero no tiene ningun partido y quedará preso de una lucha. Lavagna es como Cámpora, Lavagna al gobierno, y el peronismo al poder”, concluye Juan José Sebrelli.

Sarlo contesta que Cámpora estaba menos preparado que Lavagna para lo que pretende hacer. El exministro de Economía de Kirchner, en principio, es el único tipo que tiene una carrera exitosa sin un fracaso posterior. Desearía que fallara Sebrelli y que los sueños no se fueran, derechito, a la mierda.

Finura cosmopolita

Se es grande cuando uno es capaz de admirar. Sarlo admira a Angela Merkel, y con una sonrisa ferozmente alentadora me dice que le pediría una selfie solamente a la canciller alemana —y al tenista Roger Federer—.

“Me fascina su style, sus vestidos y el pelo: su finura cosmopolita”, elogia Cristian Alarcón, director de Revista Anfibia. Beatriz fue a un colegio inglés, el Belgrano Girl’s School —primario y secundario— que la marcó en su formación política. Lo grosero le resulta abominable.

El año pasado estaba en Berlín cuando inauguraron, en una vieja cervecería, un museo de la Alemania Oriental. Vio un maniquí con un traje sastre y le pareció ver a Merkel. En efecto, la canciller alemana sigue usando los mismos trajes —horribles— de la Alemania comunista, el mismo que se ponía cuando era la hija de un pastor. Hoy es la mujer más poderosa de Europa.

A Sarlo le parece una mujer fascinante y si tuviera que elegir a un político para cenar, se sentaría frente a Merkel: “Lo que hizo al imponer a la Unión Europea la recepción de los inmigrantes es uno de los gestos más humanitarios que podamos registrar”.

«Si tuviera que elegir a un político para cenar, me sentaría frente a Merkel»

«Todo el dinero que gano lo dilapido. Si una entrada vale mil dólares y quiero esa entrada, la compro. No me puedo quejar de que no tengo una casa de fin de semana», cuenta Beatriz.

Los amigos que perdí

Beatriz y Pablo Avelluto —actual secretario de cultura— se conocieron en 1987. Pablo fue el editor de La Audacia y el cálculo, su libro sobre Kirchner.

“Encontré en ella una suerte de antena para descubrir y pensar lo nuevo. Beatriz nos enseñaba un modo diferente de ser de izquierda”, le explicaba Avelluto a Josefina Licitra con didáctica elocuencia en 2013. La amistad fluía tan normal, y, de pronto, el abismo —o el macrismo—. “Beatriz se sostiene sobre la base de prejuicios que no son otra cosa que emociones tercas sobre cosas que no conoce”, dice hoy Avelluto. «No entiende lo que está pasando en la política argentina», agrega.

“Somos dos amigos que ni siquiera Macri puede dividirnos porque la relación que tenemos es muy vieja. Pablo tiene todo el derecho de decir eso. Sé también que con la misma cabeza que me juzga de ese modo, consideró que yo tenía que escribir el libro sobre Kirchner y no tengo la simétrica para responderle, no me interesa. No lo voy a perder nunca como amigo porque no es un tipo sectario”.

Si la amistad es una antorcha que jamás debe apagarse entre dos individuos, la historia de Beatriz está llena de antorchas sofocadas y de silencio pegajoso. David Viñas, Ismael Viñas y Tulio Halperín Donghi forman la lista de los amigos que perdió. Todavía los extraña.

Los avatares ideológico-políticos —y hasta imaginarios— hicieron que amigos fueran separándose de la vida de Sarlo o ella separándose de la vida de ellos. “La noche que yo dije voto en blanco —en 2015—, esa noche yo perdí tres amigos de un saque. Cosa que no me pasó nunca con el kirchnerismo porque los peronistas están más acostumbrados a debatir.

«Los peronistas están más acostumbrados a debatir»

Fernando Iglesias, diputado oficialista, dice que ahora han perdido un poco de contacto con la aparición de Cambiemos. “Mantengo respeto y admiración. Beatriz es víctima de este chantaje del psicópata, del miedo a que te digan gorila, del miedo a que te pongan del lado de la derecha, del miedo a no sé cuántas cosas

Personas como Beatriz, Margarita, María O’Donnell tienen la vara de Uganda para el peronismo  y la de Suiza para Cambiemos”, ironiza Fernando. Beatriz mira, se ríe y dice: “A lo mejor es cierto, Cambiemos nos prometió ser Suiza, trajo el mejor equipo de la historia, está constituido por empresarios como supongo que está constituida Suiza; le pido a Cambiemos lo que prometió: que la Argentina se convirtiera en Suiza. Uso la unidad de medida y el modelo que ellos tienen. Si ellos quieren ser así, yo digo: no son así. Quieren ser altos, pero son todos petisos; quieren ser petisos, son todos altos”.

Sobre la mesa de madera tiene libros de Walter Benjamin de Ediciones Godot; El Ser y la Nada de Jean-Paul Sartre y unos recortes del diario Clarín.

Pura novedad

Y tenemos la maldita —o no maldita— costumbre de ponernos sentimentales y lo que realmente ama Beatriz es vivir en Buenos Aires, contemplar extasiada el cielo porteño porque la avenida Corrientes se torna más respirable con su presencia, y está ahí cerca de su oficina, y la ciudad está hecha a su medida, y siempre la espera. “Vení”, le dice, sedienta; Buenos Aires es horrible sin Sarlo y se enloquece; y por eso, Sarlo nunca la abandonó, ni siquiera durante la dictadura, porque es imposible que no viva acá: la urbe donde vio el amanecer con algún muchacho tirada en algún callejón, sin hacer el amor en toda la noche, sino hablando y hablando.

«Amo vivir en Buenos Aires»

Sarlo soñaba con ser una intelectual a los siete años y hoy anhela viajar a Grecia, y con leer una frase en griego antiguo, pero no sabe si podrá ir porque son los blazers o Grecia: y no desea ir a China porque hubiera dado la vida por el país de Mao, pero, para ella, hoy representa un capitalismo autoritario; tampoco la atrae ir a Cuba.

Con el tiempo fue aprendiendo a vivir, y antes pensaba que su labor intelectual iba a bajar un poco, que iba a ir solo al teatro, al cine y escuchar música, pero la escritura no baja y su intervención en los debates públicos tampoco. También sueña con una muerte próxima y sin aspavientos, le aterra la idea de no controlar el momento de su muerte; aceptar su inevitabilidad es un aprendizaje complicado y la espera es más complicada todavía; se despediría viendo la película Week-End, de Godard.

Mario Greco dice que Beatriz Sarlo es una vanguardista desde siempre, una pionera absoluta que siempre nombra a autores que aún no fueron traducidos y ve la novedad. Beatriz dice —sube la voz, acomoda unas ediciones de Walter Benjamin—: “Lo único que sé es trabajar; trabajar mucho es ineliminable de cualquier resultado. No hay casualidad”.

Cuando amanezca de nuevo y el sol sea otro, Beatriz estará en Buenos Aires fumando unos Dunhill a los pies del Obelisco. Lo que ella fue no está en el pasado porque ella se teje a sí misma todos los días. Y siempre sus ideas filosas existirán en el futuro. Pura novedad.

POR RAMIRO GAMBOA

FOTOGRAFÍA Y PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL: LUCAS BAYLEY

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