“CRECER EN ESTE BARRIO TE DA GANAS DE CONTAR LA POSTA»

POR JUAN IGNACIO ZINGONI

 

Son las dos de la tarde de un viernes lluvioso de octubre. Jorge Benítez espera en la entrada de su barrio, la Villa 31, para comenzar la entrevista. Él no dará su nombre real a menos que se lo pregunten. Mientras tanto, se presenta como lo hace en los canales de televisión o en los talleres semanales de rap para chicos que dicta en la Casa de la Cultura, bajo el nombre artístico de «Jhore». «Últimamente la gente me va conociendo y de a poco siento que mi nombre real queda atrás», reflexiona el músico de 23 años, que nos recibió, justamente, en la Casa de la Cultura, el edificio donde actualmente se realizan más de 25 talleres para jóvenes del barrio.  

 

La década de los setenta vio nacer el movimiento cultural del hip-hop en Estados Unidos, pero no fue hasta el nuevo milenio que el rap potenciaría su llegada -internet mediante- hacia todo el mundo. El rap y las batallas de freestyle hoy son un movimiento cultural que llenan plazas, escenarios, estadios y tienen millones de visitas en YouTube. «Comencé a escribir de chico y dentro de la parte musical, escuchaba canciones de rap que me atrapaban hasta el punto de reconocer que eso era lo que necesitaba hacer», recuerda Jhore, quien de pequeño tenía la pieza llena de cajas de zapatillas y dentro de cada una de ellas, letras y letras escritas en hojas de papel: «Me la pasaba escribiendo, no me importaba nada más».

 

Desde chico la música fue atrapando a Jorge Benítez (Jhore), hoy con 23 años dicta talleres de rap en la Villa 31.

 

Al principio, raperos españoles como Nach le llamaron la curiosidad con sus letras de denuncia y superación personal. En la Argentina, referentes como Emanero y Nucleo le demostraron que el género podía hacerse un lugar en estas tierras. «Me gustaba el mensaje duro que transmitían, el género te permite contar la verdad sin caretas. Crecer en este barrio te da ganas de contar la posta, la verdad de lo que vivís, y el rap te da mucho lugar para jugar con eso».

 

—¿Qué pasó al principio con esas letras que estaban en las cajas de zapatos?

—Tenía unos amigos con los que me juntaba a rapear y empezamos a mostrarnos las letras. En un momento, flasheamos arrancar a sacar temas juntos, pero en esos días no teníamos nada, ni micrófono ni una placa de sonido. Grabar era sí o sí con el celular. Después, le mostraba mucho mis letras a Mirta, mi mamá. Ella desde el primer día vio algo en mí y decidió apostar a que yo haga lo que a mí me gustaba. Cuando le mostré mi primer tema, recuerdo que se largó a llorar. Es una suerte y algo muy importante su apoyo.

 

@Jhore.rap (instagram) en la Casa de la Cultura donde cada semana dicta talleres de freestyle para jóvenes.

 

¿Cómo surgió la idea de hacer talleres?

—Cuando hacíamos freestyle, los chicos del barrio siempre se nos acercaban a preguntarnos «¿cómo hacen eso?», «¿cómo puedo rimar?». Así se dio naturalmente, de la curiosidad de los pibes sale nuestra motivación de dar los talleres de rap. Es muy loco, porque antes subíamos a dar shows en escenarios donde los chicos solo miraban y ahora están muy copados y quieren subirse a rapear con nosotros. Nos pasa de subir a dar shows y tener cincuenta chicos atrás esperando su turno para rapear. Eso nos emociona bastante. Hace poco fuimos a la Escuela Filii Dei (ubicado en el mismo Barrio 31) a rapear turno mañana y tarde; eran como 500 pibes mirándonos mientras rapeábamos y ellos gritaban y levantaban sus manos de arriba para abajo, acompañándonos. Por ahí voy por la calle y algunos chicos de cinco o seis años me dicen «¡Hey, rapero! Te ví el otro día en la tele». Me impresiona mucho lo que se ha generado con el freestyle.

 

Además de los talleres en el centro cultural y en los colegios, Jhore asiste a espectáculos donde exhibe su música.

 

—¿Qué visión le buscan dar a los talleres de rap?

—Cuando conocí a Danilo, quien también es referente del rap de la Villa 31, decidimos buscar hablar de las cosas buenas del barrio, no solo de las malas. Tenemos un tema que se llama «Pueblos Unidos» donde hablamos de eso. La gente ya conoce las cosas malas. Hace falta contar lo bueno: los talleres con los chicos, la música y la gente trabajadora. Hablar de las personas que se levantan a las cinco de la mañana para pelearla todo el día, es importante. Si acá se te incendia la casa, automáticamente salen los vecinos a ayudarte con baldes de agua. La cosa está difícil como para no ayudarnos entre nosotros y eso es para rescatar de la Villa 31.

 

—En las batallas de rap es común bardear al otro, ¿cómo manejan la violencia verbal dentro de los talleres?

—Todo tiene que quedar en la cancha y el juego se desarrolla siempre en un marco de respeto. Yo puedo bardearte a vos y a tu hermana, pero si eso te lo tomás personal y no como parte de la disciplina, es que entendiste mal el juego. Yo no tengo por qué enojarme por tus rimas, porque así no es el freestyle, uno debe buscar la manera más inteligente de responder. Los chicos en los talleres por ahí se zarpan cada tanto, pero nosotros tratamos de enseñarles los valores del respeto para que puedan freestylear bien en cualquier plaza o escenario al que vayan. Cuando se termina la batalla deben haber saludos y abrazos, no piñas.

Estos espacios suman mucho para nosotros. Me gustaría que se apueste más a la comunicación de la cultura de la villa. A veces uno tiene cosas hechas, canciones, obras o discos, pero no tiene tanta difusión como para llegarle a más gente, en ese sentido estaría bueno que se invierta. 

 

POR JUAN IGNACIO ZINGONI

VIDEO: LUCAS BAYLEY

Juan Ignacio Zingoni

Juan Ignacio Zingoni es de Bahía Blanca y estudia Ciencias de la Comunicación Social (UBA). Comenzó cubriendo recitales y entrevistando músicos. Co-produjo "Y se reía como loca" en FM La tribu y ahora conduce "Antes que nosotros" por Radio Monk, donde repasa la historia de las canciones. También produce "Terraza", un ciclo de música en vivo, cata de vinos y maridaje. Este año Juan se propuso aprender a tocar el piano y regresar a bariloche en el verano.

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