UN REBELDE FELIZ

POR RAMIRO GAMBOA

Cuando Robert Smith era niño sentía la presión social para que fuera de determinada manera: lo exhortaban a ocultar sus emociones y a reprimir el calor de las lágrimas en los ojos. La escritora Mariana Enríquez explica que Smith se rebelaba contra la mediocridad de pueblo chico; y de adolescente, cuando pensaba que era siempre inmortal, escribió la canción Killing an arab, inspirada en El Extranjero, de Albert Camus. Al igual que Robert Smith, Camus representa que se puede ser distinto, sobrevivir y gustar. Deseaba conciliar a la justicia con la libertad y lo escribió. Lo escribió en dos novelas, cuatro obras de teatro, algunos relatos y varios ensayos. Lo escribió para describir nuestro destino: morir sin saber cómo ni por qué. 

«Camus representa que se puede ser distinto, sobrevivir y gustar»


Camus derramaba lagrimones pesados cuando no deseaba perder el amor de su madre, que se esforzaba en merecer. La amaba desesperadamente y “cerca de ella se sentía de una raza noble: la que no envidia nada”. Nació un año antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, donde su padre experimentó el miedo, la brutalidad y una muerte asquerosa cuando Albert tenía sólo un año; un alemán lo mató con un proyectil que le explotó en la cabeza. Nunca lo extrañó porque no lo conoció y recuerda el tiempo eterno de la infancia como una etapa alegre; ir a clase le dibujaba cierta sonrisa feliz: “Su cara era la imagen viva del optimismo”. Su cara. Su cara la describía su profesor, Louis Germain, a quien Camus le dedicó en 1957 el premio Nobel de Literatura.

En el transcurrir de una infancia insólitamente lenta en Mondovi, ciudad mísera de Argelia, una infancia pobre y con una beca del gobierno francés, una infancia en la que no tenía ningún juguete para imaginar la eternidad ni volar, una infancia acompañada del aliento de Louis Germain (su primer profesor) y de su madre analfabeta; una infancia en la que, para colmo, Argelia estaba dividida entre quienes deseaban asesinar a sus antiguos colonizadores y quienes deseaban continuar con la supresión del pueblo árabe, una infancia en la que la madre de Camus pensaba para su niño un futurito, Albert Camus aprendió a leer. 

Su felicidad era leer las novelas históricas Pardaillan, de Michel Zévaco y La piel de Zapa, de Honoré de Balzac y entenderlas; el simple hecho de haber ido a una escuela pública que lo capacitó para ello era su recompensa máxima. La literatura que disfrutaba como aficionado podía convertirse en una vocación, y de joven mientras escribía para diferentes diarios de Argelia  —estaba convencido de que un país vale lo que vale su prensa—, estudió filosofía en la universidad y, sin plata y sin arrepentimientos, sonreía con un cigarrillo siempre entre los dedos, signo de nerviosismo y de fragilidad. Sabía que el cigarro estuvo siempre del lado del pecado y, sin embargo, fumaba. Se casó con Simone Hié, le pidió dinero, soportó su adicción a la cocaína y sus notas por la casa donde decía que quería suicidarse. Para despejarse nadaba en el mar Mediterráneo: “La belleza cura, la luz alimenta”, constata. Lo nombra infinitas veces: mar suave, cálido, plateado, que te acaricia la piel; grande, azul inmenso y casi inmaculado; “El mar pasa y permanece. Así habría que amar, fiel y fugitivo. Me caso con el mar”, escribió en El Verano. Mientras el ruido del agua lo llenaba de una felicidad tumultuosa, terminó sus estudios universitarios de la carrera de Filosofía con resultados sobresalientes: “Si quieres ser filósofo, escribe novelas”, dijo en sus carnets.

«El mar lo lava todo. Baños por la mañana, noches en el mar, el cielo inmenso y las constelaciones que viajan hacia el horizonte», escribe Camus en sus Carnets. / Arte: Lucas Bayley.

Cuando el gobierno de Argelia prohibió la publicación del diario para el que escribía, Diario del Frente Popular, viajó hacia Francia. Se enteró de que su mujer Simone se acostó con un médico argelino que le proveía droga y, herido en su orgullo, decidió separarse. Había perdido. Estaba perdido. Era un perdido. Camus, militante y hombre de letras, encontró en el teatro un medio de ser ambos a la vez. Sartre escribió la obra titulada A puerta cerrada y le propuso a Camus que la montara; Camus vio en ello un gesto de camaradería y se sintió halagado; entendía que el teatro podía impactar en un público como el de su madre, analfabeta, porque no vehicula ideas, sino provoca emociones fuertes, “capaces de hacerle descubrir al espectador que su corazón toma partido, incluso cuando su razón rechaza comprometerse”. “Sartre, finalmente, declina la invitación; ese fue el primer malentendido de una larga lista de desencuentros entre Camus y Sartre”, explica Walter Romero, Doctor en Letras, poeta y traductor. 


Walter Romero integra, desde 1997, la cátedra de Literatura Francesa de la UBA. También es investigador de la Universidad Nacional de La Plata y de la Universidad de Valencia. Actualmente también dicta el curso de Albert Camus «Un modelo de conciencia para el siglo XX» en el MALBA.

El carácter paradójico de las ideas, su lado contradictorio y absurdo lo sedujo enormemente. Supo que la ficción puede todo y habla de todo, sin límites. “Aunque realidad y ficción obedecen a lógicas diferentes, en un punto casi milagroso, en un punto poético, se intersectan”, escribe Beatriz Sarlo sobre Borges. Camus enlazó su ficción con temas de la realidad que lo obsesionaban como la culpa que sentimos por los que ignoramos, los que cuentan con nosotros y a los que no podemos ayudar, “los que nos esperan ahí adonde esperábamos ir mientras la vida nos lleva hacia otra parte”. La libertad —el no esperar todo el tiempo el reconocimiento; cosa de esclavo querer que el amo nos reconozca—  fue su valor supremo: no se sometió a nadie y eso le costó caro. Militantes comunistas lo acusaron de promover la cultura de las clases dominantes porque se oponía al pacto de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética firmado en 1939; sus amigos comunistas apoyaron la política de Stalin y sostuvieron que el enemigo al que había que destruir no era la Alemania nazi, sino el capitalismo. La derecha reaccionaria lo vio como un agente peligroso del Kremlin cuando Camus denunció la complacencia de las democracias occidentales hacia el dictador español Franco —quien prohibió toda su bibliografía—. Los comunistas lo acusaron de servir al imperialismo estadounidense y los gaullistas, al imperialismo ruso. Traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor. “Para ser feliz no hay que ocuparse demasiado de los otros; se trata de ser feliz y juzgado o absuelto y miserable”, escribió Camus en La Caída, consciente de que la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo al inyectar imaginación en sus lectores. “Nunca he sido tan feliz ni he estado tan tranquilo como cuando he participado de un trabajo hecho con otros a los que quiero”, le escribió Camus a Victoria Ocampo. 

«La libertad fue su valor supremo: no se sometió a nadie y eso le costó caro»

Los que querían que se aniquilara el nazismo para restaurar el capitalismo y ofrecer a la gente la felicidad de una prosperidad material satisfactoria, y los del otro bando, que querían una nueva sociedad para hacer una distribución mas justa de los mismos bienes de consumo, todos ellos detestaban conjuntamente a Camus porque estaba convencido de que la felicidad material no ofrece suficiente sentido a nuestra existencia. / Arte: Lucas Bayley.

Ocampo leía Calígula y veía una “alegoría de la dictadura peronista” y recorría Nueva York junto a Camus después de asistir a una de sus conferencias y le decía: “Soy su traductora. Sur. Buenos Aires. Calígula», y mientras el aire de Nueva York se vestía de un color particular, Camus caminaba con la fundadora de revista Sur, mujer crucial para la difusión de su obra en lengua española, mientras Franco leía sus libros y los censuraba; tres años después, en 1949, se encontraron en Buenos Aires, y lejos de la ciudad, donde el cielo de la noche se veía azul marino, Camus se hospedó en la casa de Ocampo, en San Isidro. A Camus Buenos Aires le resultó repugnante: “Me parece de una fealdad extraña”. Su desprecio se explica por la prohibición de su obra El malentendido a manos de la censura peronista, y el rechazo de Perón a cualquier aparición pública de Camus sin filtro previo. Cuando en 1953, el peronismo apresa a Ocampo durante 26 días, Camus lideró el movimiento de escritores y redactó la carta que exigía su liberación. 


“Buenos Aires me parece de una fealdad extraña”

Mientras en la Unión Soviética el sistema totalitario era de una brutalidad extrema, Sartre —considerado una de las mentes más brillantes de su generación y amigo-enemigo de Camus— decía: “La libertad de crítica es total; hacia 1960, el nivel de vida medio en la URSS será un cuarenta por ciento superior al francés”. El malentendido más feroz, cuenta Walter Romero, fue cuando Camus publicó El Hombre Rebelde en 1951. Ahí Camus asegura que el hombre rebelde reclama para todos la libertad que reclama para sí mismo y critica a los seguidores de la URSS al decir que rechaza toda violencia al servicio de una doctrina de Estado. Sartre decidió darle una lección, otro golpe de periódico por ser molesto como un perro y orinar debajo de la mesa de los mayores y acusó a Camus de otorgarle buena conciencia al humanismo burgués, de estar pagado por los Estados Unidos y de incitar a la guerra contra la Unión Soviética. “No me atrevo a aconsejarle que se remita al ser y la nada porque la lectura le parecería inútilmente ardua y usted odia las dificultades de pensamiento”, remata; a lo que Camus contesta: “Es preferible equivocarse sin asesinar a nadie y dejar hablar a los demás que tener razón en medio del silencio y de las montañas de cadáveres”. 

La editorial Sudamericana acaba de publicar un volumen con la correspondencia que la intelectual argentina, Victoria Ocampo, y el autor de “El extranjero” mantuvieron entre 1946 y 1959. / Arte: Lucas Bayley.


Tuvo hijos gemelos, con Francine, su segunda esposa, de quien estaba perdidamente enamorado. Su compañera intentó terminar con su vida dos veces, desde la terraza de su casa y desde la ventana del primer piso, y debido a complicaciones económicas, engaños de Camus y por pulsiones neuróticas autodestructivas se separaron: “No se puede basar nada en el amor. Es fuga, dolor, instantes maravillosos o fin sin prórroga”, anota Camus. Cuando le entregaron el Nobel en noviembre de 1957, a sus 44 años, buscó a Francine para descorchar una botella de champán, y experimentar cuán ligero y terso era el reencuentro. También le mandó un telegrama a su madre y le dedicó el discurso a su profesor de la infancia, Louis Germain: “En lo primero que pensé, después de mi madre, fue en usted. Sin usted, sin esa mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin sus enseñanzas y sin su ejemplo, nada de todo esto habría sucedido”. 

“No se puede basar nada en el amor. Es fuga, dolor, instantes maravillosos o fin sin prórroga”


Camus murió en un accidente de auto, y Giovanni Catelli hipotetiza que lo asesinó la KGB. Sartre erguido sobre su tumba lo despidió y habló de un justo sin justicia. Con sus ganas de escribir como quien respira, trabajaba sobre su próxima novela autobiográfica, El primer hombre, cuando por fin había encontrado el coraje necesario para crearla; la historia de un hombre que siempre rechazó todo poder que no aportara alegría y felicidad a todos; la historia de quien se resistió a las interdicciones de Franco, de Stalin y las de los biempensantes de izquierda. Y lo hizo con camisas impecables y corbatas vistosas; un escritor que supo arrimar algunas ideas.

POR RAMIRO GAMBOA

Producción Audiovisual: Lucas Bayley.

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