CROMAÑÓN: A 15 AÑOS DE LA MAYOR TRAGEDIA ARGENTINA

 

POR JUAN PABLO CHIODI

 

“Desde esa noche, el infierno dejó de ser una idea para mí. No olvidaré nunca los gritos, las súplicas, y la oscuridad. Sentí terror, pánico. Conocí el instinto de supervivencia y todavía no puedo perdonarme. Me da culpa haber salido, me pesa un montón. Nos robaron la alegría de las Fiestas. Nos rompieron al medio. Nos sacaron a patadas en el culo de la adolescencia entre hospitales, morgues, juzgados y velatorios”.

Testimonio de Federico Barela, sobreviviente de Cromañón.

 

El líder de Callejeros, Patricio “Pato” Fontanet salió al escenario la noche del 30 de diciembre del 2004, y preguntó a sus seguidores: «¿Se van a portar bien?». Los espectadores gritaron que sí y el show comenzó. Dos minutos después, una candela tres tiros arrojada desde el público impactó la media sombra que cubría el techo del boliche República de Cromañón y desató el incendio. El público triplicaba la capacidad máxima permitida, el lugar tenía habilitación gracias a sobornos a inspectores, los extractores de aire no funcionaban y una puerta de emergencia estaba cerrada con cadenas: ese cóctel explosivo —amparado por la negligencia del Estado— transformó esa bengala en la tragedia (¿masacre?) más grande de la historia argentina.

 

Hablamos con Maximiliano Djerfy, ex guitarrista de Callejeros; Pablo Plotkin, periodista especializado en rock y exdirector de la revista Rolling Stone; Javier García, periodista y sobreviviente, y con Mónica y Adriana —madres de chicos fallecidos en la tragedia—  para entender un poco más el trasfondo de Cromañón a 15 años de aquella noche.

 

Las zapatillas de pibes y pibas que fueron esa noche quedaron desparramadas de a cientos en el boliche, y se convirtieron en el símbolo de la tragedia.

 

LOS ORÍGENES

 

 

El primer show de Callejeros, todavía con su viejo nombre Río Verde, fue en la vereda de la calle Barros Pazos en el barrio de Villa Celina una tarde de 1995. El público fueron unos 20 o 30 familiares y amigos que se acercaron y escucharon los covers de Creedence, Chuck Berry o los Rolling Stones que unos pibes de veintipico tocaban. Eran los años 90´ y su historia es la de tantos otros grupos de rock en nuestro país: la banda como símbolo del barrio marginado, del grupo de amigos, de protesta y también de aferrarse a un sueño. Otras bandas, como Viejas Locas, del barrio de Lugano, o La Renga, de Mataderos, eran ejemplos a seguir de grupos que empezaron a trascender el barrio. Callejeros, a partir de 1997,con el nombre definitivo, supo construir una identidad, un nombre propio en su barrio y los cercanos, y pegó el salto como telonero de los Ratones Paranoicos en Cemento —local de Omar Chabán también dueño de Cromañón— en  1999 y de Viejas Locas en Ituzaingó.

 

“Entré a Callejeros definitivamente en el 2000 y ahí grabamos nuestro primer disco, que fue Sed. Era una banda que trabajaba como a mí me gustaba, laburábamos a full: además de hacer canciones, salíamos a hacer afiches, a repartir volantes, todo a base de sacrificio”, cuenta Maxi Djerfy ex guitarrista de Callejeros.

 

—Como banda, ¿Callejeros ponía el foco en la autogestión?

 

Maxi Djerfy (guitarrista CJS): Si, era todo autogestión, veníamos desde la escuela de saber que las compañías a los músicos ya no le daban mucha bola. Entonces había que costearse siempre el laburo. Siempre tuvimos que invertir nosotros en la banda, desde el principio.

 

En el 2000 volvieron a Cemento de la mano de Omar Chabán para tocar como teloneros de La Renga y Divididos en un festival a beneficio. Meses más tarde ya se presentaron solos en Cemento. Llevaban cada vez más gente a ese lugar emblemático y a otros lugares que, de a poco, les iban quedando chicos. El microestadio de Atlanta lleno en el 2003, en el 2004 dos Obras agotados y el 18 de diciembre su primer recital en un estadio como el de Excursionistas con casi 18.000.

 

—¿Cómo viviste el momento del ascenso de la banda?

 

Maxi Djerfy (guitarrista CJS): Estábamos todos muy felices, era lo que habíamos buscado siempre durante toda la vida, y era particularmente lo que yo había estado buscando con las bandas que tuve siempre. Era el sueño cumplido del pibe.

 

La banda en 2004, previo a llegar a llenar dos noches el estadio Obras Sanitarias.

 

EL PÚBLICO

 

 

“Armar el viaje en micro, hacer una bandera o llevar una bengala son formas de gratificar a Callejeros por lo que nos da espiritualmente, por la música, por su poesía, por cada recital, y eso se hace desinteresadamente. La pasión es un sentimiento y por eso la pasión no se puede negociar», decía Diego, un seguidor de Callejeros en una entrevista con el periodista Nacho Girón el 13 de diciembre del 2004. A solo 17 días del incendio  en Cromañón.

 

“El público se vuelve a la vez actor, se va a mostrar, y le reclama al actor que le ponga aguante porque el público le va a responder con lo mismo, con desgarramiento, con pasión”, señaló el sociólogo Pablo Alabarces en una entrevista con Pablo Plotkin para La Nación.  Y cada vez que Callejeros tocaba, parte de la fiesta la ponía el público.

 

Maxi Djerfy, ex guitarrista de Callejeros, afirma que en todos lados se veía esa cultura de la bengala, y que, lamentablemente, era una cultura presente en el rock que terminó cuando sucedió esta tragedia. Sin embargo, la idea del aguante, los trapos y las bengalas no era exclusiva de Callejeros. “Bersuit Bergarabat no es una banda que pertenezca a lo que se suele denominar rock barrial y en el show en Obras de ellos se prendieron millones de bengalas. Mirá un video de Much Music de aquella época. Hay tapas de discos con un pibe encendiendo una bengala”, sostiene Luis Lamas, baterista de Ojos Locos, la banda que fue telonera de Callejeros en Cromañón el 30 de diciembre de 2004.

 

“Acá había una ideología de la bengala”, analizaba Chabán, también entrevistado por Pablo Plotkin para la revista Rolling Stone en 2014. “Una cosa viril y machista. Yo acepto mi responsabilidad en Cromañón, Callejeros también, pero el público es responsable con nosotros. No penalmente, pero sí a nivel social. ¿Por qué nunca nadie habla de ellos?”

 

Trapos y bengalas durante el recital de Callejeros en Obras en julio del 2004

 

CROMAÑÓN Y CHABÁN: EL REINO Y SU REY

 

 

Omar Emir Chabán fue uno de los personajes más emblemáticos del rock. En un principio, dueño de Café Einstein en los 80´, luego el paso a Cemento, un boliche ícono del rock de fines de los 80´ y 90´, por donde pasaron bandas como Los Redondos, La Renga, Attaque 77, ANIMAL o Viejas Locas, entre otras. En abril del 2004 inauguró su nuevo proyecto: República Cromañón, que funcionaba anteriormente como una bailanta. “Le gané un lugar a la cumbia para la causa del rock”, bromeaba Chabán.

Hablamos con Pablo Plotkin, periodista especializado en rock, ex director de la revista Rolling Stone y quién entrevistó a Chabán en diversas oportunidades.

 

—¿Qué significó Chabán?

 

Pablo Plotkin (periodista): Chabán encarna muchas de las cuestiones que confluyen en Cromañón. Por un lado, la historia de un modo de entender la producción de espectáculos de rock, y como un poco esa idea, originalmente libertaria y progresista, también se va convirtiendo en una trampa para sí misma. La historia de Chabán contiene toda esa parábola de la escena under del rock argentino que va del destape estético post Malvinas en el Café Einstein, al rock and roll barrial y popular, que explota en los 90´ y que termina en esa especie de cumbre de convocatoria, a la vez trágica, que concentró Callejeros. Nunca se corrió del lugar de productor del underground, nunca pasó a lo que sería el lado más brillante del negocio. Siempre se mantuvo en ese lugar un poco sucio. Chabán en la última entrevista que hicimos me decía: “Yo alimenté una cultura libertaria que se me volvió en contra. Hoy Soy anti-libertad. La libertad crea gente boluda y violenta”.

 

“Hay una verdad y es que el tipo fue un engranaje clave para la cultura rock de Argentina y está bueno que se sepa. Entrevisté a 150 músicos, y 140 lo reivindican como promotor cultural y le están agradecidos por el espacio que les dio. Yo, como periodista, busco la verdad y esta verdad que plasmé no tendría que ofender a nadie, ni generar resquemores. No le quita responsabilidades en el tema Cromañón, ni lo exculpa de nada. Traté de mostrarlo tal cual fue manejando un boliche, con sus aciertos y sus miserias”, afirma Nicolás Igarzábal en una entrevista con Fernando Bogado para el suplemento No de Página/12.

 

Cromañón, al igual que Cemento, eran sinónimos de peligro y de descontrol.  “Había quizás una jactancia en general —y creo que en el rock argentino muy puntualmente— de esa estética marginal y una estética de lo… casi de lo decadente: de los baños sucios, de la humedad que corroe las paredes y los techos, donde vivía el rock más callejero”, plantea Pablo Plotkin.

 

Omar Chabán en la puerta de Cemento, el templo del rock under ubicado en el barrio de Constitución. Su escenario vio pasar artistas tan diversos como Luca Prodan, el Indio Solari, Richard Coleman, Ciro Martínez o La Mona Jiménez.

 

LA NOCHE DEL 30 DE DICIEMBRE

 

 

Aproximadamente a las 21hs salió a tocar Ojos Locos, banda invitada a la fecha como telonera. Durante su recital, si bien aún la mayor parte del público estaba en la vereda y hacía la previa, se encendieron las primeras bengalas de la noche. “Rescátense un poco porque se prende fuego el lugar, ¿entendieron? ¿Les quedó claro a todos?”, se le advirtió por altoparlantes al público.  Minutos después sale Callejeros a escena, y “Pato” Fontanet vuelve a preguntar al público si se van a portar bien. El show inicia y menos de dos minutos después es interrumpido. Una de las candelas que alguien en el público enciende, impacta contra la mediasombra del techo que comienza a prenderse fuego. Instantes después la luz se corta.

 

Javier García, periodista y sobreviviente, así lo contó en una carta 10 años después de Cromañón. “De repente, desde el techo apareció una bola naranja incandescente. Como una especie de sol en la oscuridad del boliche. Y los primeros gritos. Y el primer caos. Y la primera estampida. Y no saber qué carajo estaba pasando. Retrocedí, impulsado por la gente, y por mi propio instinto de supervivencia. Había que llegar a la puerta, como sea. De pronto, me atasqué. No se podía avanzar más. La gente, desesperada, buscando entre otros cuerpos transpirados el contacto con el amigo, el hermano, el primo, la pareja o con quién hayan concurrido. No había espacio. Me puse la remera que tenía una de la Selección, truchísima, que decía Callejeros a modo de improvisada máscara, buscando ahí adentro, en el espacio entre mi pecho y mi boca el aire que ya se estaba yendo del lugar, reemplazado por el veneno tóxico que escupía la mediasombra del lugar. De pronto, se apagó la luz. Se cortó, se volvió todo negro. Y escuché la oleada de gritos más escalofriante de mi vida. Estábamos solos. Solos y en la penumbra».

 

Fueron muchos los chicos sobrevivientes que una vez que lograron salir del local volvieron a ingresar a rescatar personas. Muchos de quienes volvieron a ingresar no pudieron salir con vida.

 

¿DÓNDE ESTABA EL ESTADO?

 

 

“El Estado nos está matando, sino te matan de hambre, te matan en Cromañón, y sino te matan en cualquier lado. Lamentablemente es así y no parece que vaya a cambiar”, piensa Maximiliano Djerfy, ex guitarrista de Callejeros y quien perdió a cinco familiares esa noche.

 

Cromañón carecía de materiales ignífugos en el techo, faltaban medios de salida y había un portón de emergencia clausurado con cadenas y alambre. La capacidad máxima era para 1031 personas y la noche del 30 de diciembre de 2004 había más de 2800 personas. Además, Chabán había arreglado el pago de coimas a la Policía para no recibir controles. El local, que funcionaba desde 1997 como una bailanta, no había sido habilitado por las irregularidades que presentaba, como la falta de salidas de emergencia. Sin embargo, solo cuatro meses después el local fue habilitado por el mismo inspector, Roberto Calderini, sin realizar ningún tipo de modificación.

 

El Gobierno de la Ciudad era el responsable de la habilitación y control de los boliches. Un año antes de Cromañón, el entonces jefe de Gobierno Aníbal Ibarra anunció que había disuelto el organismo encargado de las inspecciones. Para explicar por qué, Ibarra declaró en Página/12: “El organismo, más que un foco, era un focazo de corrupción”, y dijo recibir tres denuncias por semana contra los inspectores por pedidos de coimas. Con la disolución de ese organismo, las habilitaciones empezaron a realizarlas profesionales independientes y la planta de inspectores pasó de 300 a 50 personas. Bien intencionado o no, el desastre fue total. «Todo esto está signado por el fracaso, porque hayamos hecho lo que hayamos hecho, si no logramos evitar Cromañón, es que todas estas medidas fueron signadas por ese fracaso», agregó Ibarra meses después.

 

Javier García, periodista y sobreviviente, sostiene a Revista Sendero: “Primero hay que hablar del rol del Estado. No podemos ponernos a pensar siquiera en la culpabilidad de la banda si no está claro y definido qué rol tuvo el Estado. Me parece que es lo que todavía no quedó claro en torno a Cromañón. Se sigue pensando que lo que pasó tiene que ver únicamente con una bengala, con un exceso de gente, con la corrupción, y todo es real, pero el denominador común es la negligencia del Estado”. 

 

Zapatillas, remeras, y banderas y otros objetos personales del público que quedaron dentro de Cromañón durante más de una década. 

 

 

Mónica, madre de Marianela, quien murió en la tragedia, nos dice: “El abandono del Estado fue total. Antes, por no haber hecho bien las cosas y clausurado como debía haber sido. Si hacían las cosas bien no hubiese existido Cromañón. Pero, además, durante esa noche a nosotros nos pasearon por todos los hospitales. Estuvimos un día entero buscando a nuestros hijos en los hospitales mientras que estaban en la morgue, incluso nos entregaron chicos confundidos. Fue un manoseo. Y después nos abandonaron: tenemos más de 17 chicos que se suicidaron y más de 50 padres que murieron”.

 

Adriana Magnoldi es madre de Sofía, que a sus 16 años falleció esa misma noche en Cromañón, y también de Martín y Santiago, quienes pudieron sobrevivir. “Yo no traje a este mundo tres adorados hijos para que me los mate la corrupción, la coima, la impunidad, la policía, los bomberos, la gente del Gobierno de la Ciudad que era corrupta. No traje tres hijos al mundo para que la nena muera así. Tenemos un Estado absolutamente ausente, no estuvo previamente para evitar Cromañon, ni estuvo después para ayudarnos a lidiar con las consecuencias. Nos tiran un subsidio de $5.000 a los sobrevivientes y padres para la atención psicológica. Hay chicos que no pueden más. Hay un caso de un joven que se suicidó en el 2017, teniendo dos hijos. No pudo soportar, vivía con depresión, la familia lo acompañaba, pero no pudo. Y como él, hay más chicos suicidados.

 

¿Cómo pudieron continuar después de esa noche?

 

Adriana (madre):  Decidí que íbamos a luchar por la verdad, la justicia y la memoria. Y para dar el ejemplo desde el más hondo de los dolores a nuestros hijos sobrevivientes. Para demostrarles que ellos no tienen ni tenían ninguna culpa por haber ido a una fiesta, y papá y mamá tampoco tenían la culpa por haberlos dejado ir porque era en un horario de matiné, supuestamente era el lugar más seguro de Buenos Aires. Pero es absolutamente doloroso, cada momento de mi vida en particular pienso en Sofía. Mis hijos se recibieron, y Sofía no está para verlos. Tengo tres nietos divinos y Sofía, la tía no está para jugar con los sobrinos. No sé si Sofía tendría hijos, o si ya sería la maestra jardinera que quería ser. Cada momento es la desgarradora sensación de la alegría con la tristeza. 

 

Mónica (madre): Me aferre a mis hijas que quedaron, porque Marianela era una de las cinco hijas que tengo. La más chiquita tenía en ese momento dos años y medio y me necesitaba. Destrozada como estaba, necesitaba salir adelante. Aún siendo yo sola no me quedó otra que poner el pecho y seguir. La lucha me ayudó mucho, la lucha por la memoria es lo que también nos mantiene vivas.

 

EL JUICIO

 

 

En 2009, el Tribunal Oral Criminal 24 condenó a Omar Chabán y al subcomisario Carlos Díaz, pero absolvió  a Callejeros. En 2012, la Cámara de Casación Penal modificó la carátula y fijó nuevas penas, que en el 2015 fueron ratificadas.

 

Chabán recibió una condena de diez años, su mano derecha y encargado de seguridad, Raúl Villarreal, seis años. El subcomisario Díaz recibió ocho años y los funcionarios del Gobierno de la Ciudad  Fabiana Fiszbin, Gustavo Torres y Ana María Fernández recibieron tres años. Rafael Levy, dueño del complejo donde estaba Cromañón, recibió cuatro años de cárcel.

 

Dentro de los miembros de la banda, Patricio Fontanet, el cantante, recibió siete años; Eduardo Vázquez, el baterista, seis años; y los otros miembros Maxi Djerfy, Elio Delgado, Cristian Torrejón, Juan Carbone y Diego Argañaraz, cinco años.

 

Omar Chabán murió en el Hospital Santojanni en 2014 mientras cumplía su condena y de estar vivo sería el único preso por Cromañón. El resto de los condenados ya no está en la cárcel al haber cumplido la mayor parte de su sentencia. El único que sigue en prisión es el ex baterista de Callejeros Eduardo Vázquez por el femicidio de su expareja Wanda Taddei.

 

Aníbal Ibarra fue destituido de su cargo como jefe de Gobierno en el 2006, bajo el cargo de “mal desempeño de sus funciones” por el caso Cromañón. De igual manera, no fue inhabilitado para ejercer cargos públicos —fue legislador de la Ciudad de 2007 a 2015 y precandidato a Jefe de Gobierno—, y tampoco fue condenado en el juicio penal.

 

Familiares muestran las fotos de sus parientes muertos en Cromañón durante el juicio en Tribunales en 2008.

 

 

—¿Cómo viste las condenas?

 

Pablo Plotkin (periodista): La responsabilidad mayor en términos de cómo esto se podría haber evitado es del Estado. Ahí quizás los funcionarios políticos que terminaron con condenas efectivas si son de rango más bien medio. Ibarra pagó con su carrera política, con una destitución, pero bien podría haber sido parte del proceso penal. Así y todo, creo que también estaba representado ahí también el poder político, aunque por supuesto se podía llegar más lejos.Yo hablo de Cromañón como una tragedia sin villanos. Creo que es porque es muy fácil también, incluso desde el rock, restarse culpas: la clásica “ni la bengala, ni el rock and roll, a esos pibes los mató la corrupción”. Restarse culpas y encontrar culpas y enemigos en el otro: en el otro empresario, en el otro político, en el otro policía. Pero, en realidad, creo que Cromañón es como una confluencia de negligencia, que es derramada desde lo alto del Estado, pero en la que participan un montón de factores.

 

Maxi Djerfy (guitarrista Cjs): Qué se yo, fue todo un circo y muy bizarro. El juicio, un año ahí tres veces por semana, todo negocio de abogados fue.  Me queda el rencor de los que no salieron a decir nada cuando se murieron 200 personas. Y desde el presidente te hablo: Néstor Kirchner en ese momento era el presidente y no hizo nada. A mí se me mueren 200 personas en un boliche un día que está tocando una banda, y si soy el presidente de un país, a los 5 minutos estoy ahí pidiendo explicaciones viendo a ver qué pasó. Fiscales, jueces, todos tendrían que haber estado ahí. El ministro del Interior, que era Aníbal Fernández, y de quien dependían la policía y los bomberos, nunca vino al juicio, mientras que los bomberos fueron condenados. Yo quería que me metan en cana para terminar la condena. Gracias a Dios ya terminó todo, incluso la condicional que finalizó en agosto. Ahora puedo volver a vivir y enfocarme en mi hija de tres años y en la música, que siempre fue mi refugio, mi cable a tierra, mi todo. 

 

 

-¿La banda también fue responsable?

 

Mónica (madre): Si, vos imagínate que el 70% del valor de las entradas se las llevaban ellos, la seguridad era de ellos. Uno o dos días antes cuando tocó La 25 se prendió fuego y estaba el saxofonista de Callejeros volanteando en la puerta. No pueden decir que no sabían cuando el saxofonista estaba ahí y se  supo que se prendió fuego.

 

Adriana (madre): Por supuesto que todos tienen un grado de responsabilidad, uno tiene que presuponer que puede haber un problema. Además de las bengalas,, ellos eran los más bengaleros y no tomaron recaudos en nada. Porque no se puede decir que eran chiquitos, no. Eran tipos cerca de los 30 años. No eran tipos que no sabían lo que hacían. Sabían que Chabán coimeaba a la policía, toda la vida coimeó a todo el mundo. Las bandas de rock también son responsables. Nunca hicieron un mea culpa de nada. Todos sabían que en Cemento, que estuvo clausurado infinidad de veces, podía llegar a haber un problema similar. Ninguno fue ingenuo, ninguno pudo dejar de pensar que podría haber un accidente.

 

El exguitarrista de Callejeros Maxi Djerfy tiene otra mirada: “Las acusaciones son `tendrían que haber visto el candado en el portón. Tendrían que haber medido el peligro de la pirotecnia en un lugar cerrado´. Qué se yo. Yo podía ignorar esas cosas, había gente que no. Ignorar no me quita la culpa, pero yo sí podía ignorar esas cosas. No tenía que saber eso, lo que tenía que saber esa noche era cómo tocar los temas, que esté bien el amplificador, dónde podía dormir, dónde estaba el baño, dónde quedaba el camarín, dónde iba a comer y a qué hora tenía que probar sonido y a que hora subir a tocar. Nada más. Del resto se encargaba el manager, se encargaba Chabán y la gente de seguridad. Es así de sencillo”, sostuvo Maxi en una entrevista realizada por el sitio Rock and Ball

 

¿Aprendimos algo de Cromañón?

 

Pablo Plotkin (periodista): Creo que de cambios definitivos no se puede hablar. Pero sí hubo un montón de cambios. De hecho, de entrada hubo como una gran campaña, un gran operativo masivo sobre espacios. Sobrevino una especie de mano dura sobre los espacios culturales marginales respecto del centro del negocio. Eso tuvo un impacto muy profundo en todo lo que ocurrió desde entonces en la escena juvenil, y en todas las ciudades de Argentina. Realmente casi todo se podría filtrar por el tamiz de Cromañón, todo lo que ocurrió después, tal vez, sería distinto. Ahora bien, también desde el público hubo un aprendizaje muy doloroso, respecto de lo que fue Cromañón, usar pirotecnia en un lugar cerrado. Pero después obviamente se han dado casos cómo el show de La Renga (en La Plata en 2011, donde murió Miguel Ramírez por el impacto de una bengala), se dio de alguna manera también en lo que fue el show del Indio Solari en Olavarría, que es como un eco medio lejano de Cromañón, sobre todo de la parte organizativa, en ese caso. El público cambió mucho su manera de percibir su lugar dentro de un espectáculo.

 

Javier García (sobreviviente y periodista):  Sí, veo una transformación en que el público dejó de llevar pirotecnia a los shows, que hay más control respecto a cantidad de gente según la habilitación, pero también creo que es porque la generación que fue a Cromañón sigue yendo a recitales. Para saber efectivamente si hay una transformación me gustaría ver de acá a 20 años, cuando los pibes que vayan a los recitales sean chicos que cuando pasó Cromañón no habían nacido. Ahí vamos a poder ver que tan hondo caló ese mensaje.

 

 ¿Hubo Justicia?

 

Maxi Djerfy (guitarrista Cjs):  En este país la justicia no existe. No me la cuentan, yo la viví. No existe la justicia en Argentina. Cada uno sabe lo que hizo y lo que no hizo. La gente de la banda, los políticos, la gente que tendría que haber actuado y no actuó. Me queda el rencor porque a mí me mataron a media familia. Fuimos 8 y volvimos 3. Yo fui a tocar la guitarra y de repente me encontré en un quilombo terrible, y después encima me comí la cana. Yo bronca y rencor voy a tener siempre.

 

Adriana (madre): Tuvimos la paupérrima justicia que nosotros tenemos en nuestro país. Tuvimos la justicia que hay en este país, pero creo que ninguno quedó satisfecho.

 

Mónica (madre): No hubo justicia. Hoy a 15 años del hecho no hay ningún detenido, y uno de los responsables mayores Aníbal Ibarra jamás fue llamado a sentarse en el banquillo de los acusados.

 

Pablo Plotkin (periodista):  Creo que con mayor o menor conformidad de los tiempos de condena los familiares pudieron estar tranquilos de que Cromañón no quedó impune y que todos los actores que de alguna manera contribuyeron a que eso sucediera tuvieron su castigo penal. Las condenas ya fueron cumplidas y creo que al menos 15 años después no estamos discutiendo todavía esas cuestiones y no se está reclamando en todo caso por ejemplo por la conclusión de un proceso judicial penal que todavía pudiera estar abierto como en otros casos de la historia más dramática de Argentina. Esa parte ha sido bastante, no sé si ejemplar, pero sí al menos correcta.

 

Javier García (sobreviviente y periodista): No, no hubo justicia. Hubo culpables que fueron presos y hubo inocentes que fueron presos. En relación a los sobrevivientes y las familias hubo alguna reparación mayormente monetaria, pero no más que eso. Justicia no. Si todos los días a vos te falta una persona en tu mesa no hay dinero que pueda pagar eso, justicia nunca va a haber.

POR JUAN PABLO CHIODI

PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL: LUCAS BAYLEY

Juan Pablo Chiodi

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