VENEZUELA: TESTIMONIOS DE UN PAÍS HERIDO

POR RAISA DILMAR

 

Un país que lucha por no desmoronarse; un paciente que grita ser salvado, sin luz, en medio de una escasez brutal; un estudiante que protestó por sus derechos y tuvo que huir; una población que lucha por seguir aunque no consiga qué comer. El Estado venezolano está hundido pese a tener las mayores reservas petroleras del mundo. No está en guerra, pero pareciera estarlo. ¿Sabemos qué pasa? ¿Es cierto lo que se escucha en las noticias? ¿Cómo es el día a día del venezolano? No es solo lo que le pasa a Daniel, Jesús, María o Carlos;  es un país entero que a cada hora lucha por seguir adelante con el mejor humor que solo ellos saben tener.

 

Daniel Leal, un estudiante de 25 años de la Universidad de los Andes y trabajador freelance, relata a Revista Sendero la odisea de llenar el tanque de gasolina en su ciudad, San Cristóbal, Estado Táchira, al sur occidente del país. Se levanta y se prepara para salir a las 8 de la mañana de un jueves, se sube a su auto, revisa nuevamente el mensaje de texto de su amigo Pedro: “el viernes llega a la estación de servicio el cargamento de gasolina”. Ese día, unos 40 autos más llegaron antes que él, llevaba consigo unas arepas rellenas que se preparó el día anterior, agua y un poco de jugo. “Con esto tengo que llegar hasta que pueda llenar el tanque de gasolina”, se ilusiona en la espera.

 

Esa noche la pasó en su auto, durmió incómodo, con frío porque “no funcionaba la calefacción”. Conoció algunos de sus compañeros de fila (más de 40 autos había), y una era María. Ella no tenía qué comer, le contó que vive sola, que sus hijos se fueron al exterior, y que debió irse apurada de su casa sin comida ni dinero: “No como hasta que no eche gasolina”, fueron sus palabras.

 

Daniel había calculado que el camión llegaría por la mañana del día siguiente, pero fue por la noche de ese mismo viernes que la espera terminó. Daniel le compartió a María algunas de sus arepas. Ella no comió nada más hasta que volvió a su casa. Este tipo de historias suceden semana tras semana.

 

Un estudio de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) asegura que casi cinco millones de venezolanos han huido del país en las últimas décadas. Venezuela tiene casi 32 millones de personas, la mayoría de los que se han ido son jóvenes, muchos ancianos y niños se han quedado solos y otros tantos jóvenes y adultos, con miedo y desamparo.

 

A la izquierda se observa una fila de autos esperando para llenar el tanque de gasolina. Esta foto nos la pasó Daniel Leal, es uno de los tantos días donde debe pasar la noche con la esperanza de conseguir combustible.

 

 

Una encuesta realizada en 2019 por un grupo de médicos y la Comisión de Desarrollo Social del Parlamento venezolano reveló que el 88% de los hospitales presentan fallas en el suministro de medicamentos, solo uno de cada diez insumos se consigue, lo que se califica como un colapso de salud. Sumado a eso, miles de médicos y enfermeras emigraron hacia el exterior, según datos del Human Rights Watch. No hay camillas, no hay antibióticos, no hay gasas, no hay suficientes equipos médicos para todas las personas y muchos se han deteriorado o roto y no han sido repuestos. La lista de faltantes se alarga, pero hay miles de profesionales que se quedaron a atender a la población, pese a este panorama.

 

“Jesús” (no es su nombre verdadero) es un estudiante que realiza prácticas de medicina en el Hospital Central de Maracay, residenciado en la misma ciudad. Él, como muchos venezolanos, prefiere no dar su nombre real. Al igual que Daniel, tiene miedo de contar lo que vive realmente su país, pero se anima a hablar si respetamos su decisión de resguardar su identidad: “Una noche antes de terminar mi turno en el área de emergencias interna del hospital central de la ciudad todo quedó en penumbras. Se fue la luz, me pareció muy raro que se cortara en el área de emergencias; en los hospitales nunca se había cortado la luz. Como teníamos pacientes con ventilación mecánica, a los 30 segundos tuvimos que buscar los ambú —también conocidos como resucitadores manuales—, para los seis pacientes que teníamos en situación crítica. La sorpresa fue que solo teníamos tres ambú. Se le dio prioridad a los que tenían mayores posibilidades de sobrevivir. Al día siguiente, seguíamos sin luz y la energía se distribuía entre emergencia pediátrica y emergencia de adultos. Muchas cirugías de emergencias tuvieron que paralizarse, no solo ahí, en otros hospitales del país también y muchas personas tristemente fallecieron, pero no se dieron a conocer cifras oficiales”, recuerda desde Maracay a Revista Sendero el futuro médico. Jesús también detalla que estuvieron 96 horas sin energía eléctrica y que el apagón afectó a 22 de los 23 Estados del país.

 

En Caracas, la luz se restableció luego de tres días, pero Estados como Trujillo, Zulia, Táchira, Anzoátegui, Mérida, Lara, Monagas permanecieron a oscuras por ocho días. Las exportaciones de petróleo, el transporte y las comunicaciones se interrumpieron y los cortes de energía también hicieron que millones de personas tuvieran que buscar agua y alimentos, mientras los hospitales intentaban mantener sus equipos funcionando. ¿Cuál es el alcance económico de los daños que sufren los venezolanos?

 Fotografía de un hospital sin luz, mientras atienden a los pacientes.  Foto: JUAN BARRETO

 

“A los pacientes que tenían pronósticos muy desfavorables y requerían de ventilación artificial no se les pudo seguir suministrando, por falta del servicio eléctrico. Los seis pacientes que se encontraban en cuidados críticos de adultos sobrevivieron; en terapia intensiva neonatal y cuidados intensivos pediátricos fallecieron varios. Incluso hubo pacientes que murieron en medio de una cirugía”, describe Jesús del Hospital Central del Estado de Maracay, en Venezuela.  Foto: Agencia AFP/Juan Barreto.

 

 

El hambre y la escasez

 

El Banco Central de Venezuela (BCV) dio a conocer la cifra de inflación del año 2019 que se situó en 9.585,50 % y fue la más alta a nivel mundial, seguida por Zimbabue (161,8%) y Argentina (53,8%). El país caribeño está sumergido en una hiperinflación voraz que redujo los ingresos de las familias, como las de María, una mujer de 65 años que vive en la Ciudad de San Cristóbal, Estado Táchira, con su hijo que le ayuda en casa, pero sin su hija, que se fue del país hace tres años. Y si bien la ayuda que le envía su hija desde el exterior le ayuda a solventar gran parte de la canasta básica mensual, no siempre es suficiente: “Hace como tres meses que no como pollo, está carísimo. En diciembre nos regalaron un pollo con la caja del CLAP, pero comprar uno está muy caro”. Los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) son sitios que venden los productos de la canasta básica a precios muy bajos. Allí se venden las cajas llamadas CLAP, que tienen en su interior productos como arroz, aceite, leche, entre otros productos. Algunos pueden tener acceso a estas cajas, otros no, ya que se privilegian los territorios más centrales, más densos y no necesariamente los que tienen más necesidades alimentarias.

 

Las estanterías prácticamente vacías  de un supermercado en Caracas, Venezuela. Foto: Agencia EFE/Miguel Gutiérrez.

 

 

La inflación es prácticamente minuto a minuto: “Todo sube a cada ratico, uno va y compra y ya al rato aumentaron los precios. A veces estoy en el mercado comprando un arroz, por ejemplo, y el vendedor me dice que `el arroz cuesta 200.000 bolívares´, pero alguien grita: `Mañana el arroz va a estar en 250.000´. Le voy a pagar al vendedor y cuando le pregunto cuánto es, me dice que son 300.000 bolívares. Así es la inflación en Venezuela”.

 

El precio de un maple de huevos el 18 de diciembre de 2019; al día de hoy, está el doble: 250.000. Foto: Daniel Leal.

 

 

María también cuenta que “un sueldo mínimo mensual para un venezolano equivale a un maple de huevos: 250.000 mil bolívares. Y solo si puedes conseguirlo barato, en los supermercados no se puede ni comprar”. Según el último aumento salarial del presidente Nicolás Maduro, en enero del 2020, el sueldo mínimo para un trabajador es el equivalente a 3,75 dólares mensuales, pero según un estudio de CENDAS, un venezolano necesita 61 salarios mínimos para acceder a la canasta básica en 2020, es decir 176 dólares. “Lo único bueno es que he podido bajar de peso últimamente, la dieta de Maduro le decimos —comenta entre risas María—. Pues, dígame, ¿cómo no vamos a enflacar si toca comer una o dos veces al día y a veces no hay arroz, no hay pollo, carne o mantequilla?”. La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI), realizada en 2017 señaló que las personas han perdido un promedio de 11 kg y aproximadamente 6,8 millones de venezolanos, de un total de 33 millones  pasan hambre.

 

Ver personas buscando comida en la basura es una postal que se extiende por todo el país.  Foto: Agencia AFP/Federico Parra.

 

 

Mi padre, ¿enemigo o salvador?

 

En febrero del 2014, en el Estado Táchira, comenzaron una serie de protestas en contra del gobierno de Nicolás Maduro, realizadas principalmente por jóvenes, estudiantes universitarios y activistas de partidos políticos de oposición. Estas manifestaciones exigían derechos, como el de la seguridad, inicialmente, pero los reclamos se extendieron. Más de 12.500 personas han sido detenidas desde 2014 en manifestaciones, según el Foro Penal. Ese número incluye no solo a manifestantes, sino también a transeúntes y personas que fueron llevadas de sus casas sin orden judicial.

 

Por aquellos días, Carlos, un joven estudiante de la Universidad Experimental de Táchira (UNET), tenía 19 años y participó de aquellas manifestaciones: “Ese día estábamos en clases en la universidad. Afuera, a una cuadra, la protesta de los manifestantes se comenzó a poner complicada. Durante unas cinco horas tuvimos que permanecer dentro de la universidad, mientras la policía nos reprimía con perdigones y bombas lacrimógenas, las cuales fueron arrojadas cada vez más cerca de la entrada de la facultad. Se podía sentir el gas por toda la universidad, mientras que buscábamos alcohol y pañuelos para cubrirnos del humo. Los estudiantes nos defendimos con piedras y lo que podíamos encontrar. Una de las bombas lacrimógenas me cayó en un pie, y cuando quise huir, mientras corría me caí y me raspé la cara”. Finalmente, luego de esas cinco horas que parecieron una eternidad, salimos para devolvernos a nuestras casas, pero no funcionaba el transporte público. Tuve que caminar hasta la terminal de autobuses, a unos nueve kilómetros, dolorido, herido y aún ahí no pudimos encontrar transporte para regresar a nuestros hogares”.  Pero la historia de Carlos no terminó en ese escape.

 

“Después de eso vino la peor parte, mi padre es un efectivo policial militar, él está a favor del gobierno. A raíz de las diferencias políticas hubo muchos problemas familiares. Durante un día de protestas se habían sumado algunos de mis primos y dos de mis hermanos. La sorpresa fue grande cuando llegaron los efectivos de la policía y el primero en bajarse del auto fue mi papá y fue el primero en dispararnos con gases lacrimógenos y perdigones. Esa misma noche llegaron a casa mi padre y efectivos policiales, querían sacarnos información sobre quienes eran los que nos acompañaban a las manifestaciones. Fue cuestión de tiempo hasta que los superiores de mi papá le dijeron que solo tenía una semana para que nos fuéramos del país, sino no habría opción y tendrían que proceder pues ya estábamos en su lista negra”, revela Carlos. Carlos se fue de Venezuela en el 2017, unos meses después de los sucedido en este último relato. Su rumbo quedó fijado hacia Guayaquil (Ecuador) donde trabajó un tiempo para continuar su rumbo por Sudamérica, pasó un tiempo en Arequipa (Perú) y finalmente llegó a Buenos Aires, Argentina, donde se desempeña como empleado en una panadería: “Ya tenía planes de irme, así que la decisión no fue difícil. Aún hoy seguimos hablando, él me envía chistes sobre lo que hacen los opositores en el país, yo le hago burla sobre militares”.

 

Un soldado de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) sostiene una rosa entregada por una estudiante durante una manifestación pacífica en el centro de Mérida. 22 de Febrero de 2014. Foto: Amiciliar Gualdrón/ Orinoquiaphoto.

 

 

En el 2007, Venezuela ganó el premio al país más feliz del mundo en el World Record Guiness. Doce años más tarde, el Observatorio Venezolano de Violencia reportó que la tasa de suicidios en Venezuela se ubicó en 2019 en 19 por cada 100 mil habitantes, lo que convierte a la pequeña nación petrolera en el país con la tasa más alta de Latinoamérica. 

 

Es difícil saber a ciencia cierta qué va a pasar con el futuro de Venezuela. Sin una solución pronta todo seguirá por el mismo rumbo, un rumbo fijado desde el mismísimo Hugo Chávez, quien le dio a muchos la oportunidad de mejorar, pero a otros no. Cuando nos enfrentamos a situaciones que se escapan a nuestro control, tenemos dos opciones: aceptarlas o rebelarnos. Quienes la aceptan son los supervivientes valientes. Quienes se rebelan deben luchar contra algo más grande que ellos mismos. Digamos que los personajes de esta nota son ellos mismos, pero no lo son, viven con miedo, miedo de la persecución, como si se tratase de una guerra, como si se perteneciera a un bando y te buscaran para secuestrarte o peor aún, borrarte de la historia. Venezuela hoy es un país dividido políticamente, que vive en el miedo de su propio vecino, de su propia familia.

 

POR RAISA DILMAR

Revista Sendero

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