LOS AÑOS PASAN, LA LUCHA NO CESA

POR CAMILA MIELE

 

«Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas», se anunció por cadena nacional lo que sería el inicio de la etapa más oscura, sangrienta y violenta de nuestra historia. Hace 44 años, un 24 de marzo, los militares tomaban el poder por la fuerza. Algo normal en Argentina, pero esta vez tenía un componente distinto a los cinco gobiernos dictatoriales anteriores: la desaparición forzada de personas. 

 

En Revista Sendero dialogamos con el diputado bonaerense por Juntos por el Cambio, Daniel Lipovetzky, quien tenía tan solo ocho años cuando sucedió el golpe de Estado, pero tiene muchos recuerdos de aquella época: “El 24 de marzo de 1976 me levanté a la mañana y mi papá escuchaba la radio en la mesa de la cocina, donde habían anunciado que finalmente se había producido el golpe de Estado. En ese momento me miró y me dijo: ´Se vienen momentos muy complicados´».

 

Daniel asegura que la vida de toda su familia a partir de ese día cambió para siempre, aunque resalta que su historia no tiene punto de comparación con las personas que perdieron la vida, con la de una madre que perdió a su hijo o con quienes sufrieron la apropiación de sus nietos: “Mi padre era abogado laboralista, había presentado varios Habeas Corpus para tratar de blanquear a personas que habían desaparecido. Logró resolver algunos casos cuando se encontró con un juez valiente, la mayoría no lo eran. Por estos hechos, mi papá fue perseguido por la dictadura, lo fueron a buscar dos o tres veces a su estudio y una vez lo vinieron a buscar al barrio donde vivíamos. Hubo un tiempo que tuvimos que escondernos y nos fuimos a la casa de mi tía que quedaba en 25 de Mayo, pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires. También cambió nuestra situación económica, mi padre era un abogado que tenía mucho trabajo y de repente comenzó a dejar de tenerlo”. 

 

“Hablo con mis tres hijos, que tienen entre once y veinte años, y les cuento las cosas que pasaron en Argentina durante la última dictadura cívico militar. Muchas veces abren los ojos porque les cuesta entender que hayan ocurrido. Les parece increíble, pero ocurrieron y no hace tanto”, cuenta Daniel Lipovetzky.

 

«Mientras sea un desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”, dijo el dictador Jorge Rafael Videla. El terror se apoderó de las calles. El miedo paralizó a gran parte de la sociedad. Si alguien veía algo, fingía no haberlo visto. Se dudaba siempre de la víctima: Por algo será o algo habrán hecho, repetían una y otra vez millones de argentinos que, sin darse cuenta, terminaron convirtiéndose en cómplices de los represores.

 

Mundial del ´78: Entre la fiesta y el terror

 

Los ojos del mundo entero estaban puestos en nuestro país: la Argentina era sede de la Copa del Mundo. Su inauguración fue el 1° de junio de 1978 en el estadio de River Plate, a tan solo 1.300 metros de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) –hoy Espacio Memoria y Derechos Humanos–, donde funcionaba un centro clandestino de detención; se calcula que pasaron alrededor de 5000 detenidos, que en su gran mayoría fueron asesinados.

 

En el medio del campo de juego, 1.700 jóvenes formaron con sus cuerpos la palabra PAZ, volaron palomas y globos. A las tres en punto de la tarde, el árbitro marcó el inicio del partido y por ATC, la nueva televisión pública a color, el relator Marcelo Araujo dijo con firmeza y emoción. “¡Mueve la pelota Fischer para Alemania, comenzó el Campeonato Mundial en la Argentina!”. Dos días después, la Argentina debutó frente a Hungría y ganó 2 a 1: con goles de Luque y Bertoni. La sociedad concentrada solo en cómo avanzaba la albiceleste en el Mundial, nada era más importante que eso, mientras el horror sucedía a la vuelta de la esquina.

 

El 25 de junio, se jugó el partido final, que nos coronaba campeones del mundo. Argentina ganó: 3 a 1 terminó el partido contra Holanda.

 

Jorge Rafael Videla le entrega la Copa a Daniel Passarella, capitán del equipo campeón del Mundial ´78. 

 

Los goles y la euforia de cada triunfo resonaban fuerte en las paredes de la ESMA. “Grité los goles aunque era una contradicción», afirmó Ricardo Coquet, quien estuvo secuestrado en la ESMA entre marzo de 1977 y diciembre de 1978. «Veíamos los partidos en el sótano. Recuerdo el partido contra Perú (que terminó 6 a 0), donde había que ganar con muchos goles sí o sí. Ganamos, pero al salir del comedor pasamos de la euforia futbolera a ver a un compañero muerto en el pasillo».

 

Mientras el resto del país celebraba las victorias de la Selección, las Madres de Plaza de Mayo sufrían no tener a sus hijos a su lado. Todos los jueves, hacían la ronda alrededor de la Plaza de Mayo. «¿Dónde están nuestros nietos? ¿Nacieron esos nietos? ¿No nacieron? ¿Dónde están esos bebés?», decían frente a un periodista extranjero que las entrevistó. La descripción más precisa de su lucha la dio el escritor uruguayo Eduardo Galeano: «En Argentina las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria». Su lucha quedó marcada a fuego y trascendió generaciones. Algunas abandonaron este mundo sin reencontrarse con sus nietos, sin poder conocerlos y abrazarlos. Otras abuelas siguen su lucha con la esperanza intacta del reencuentro, y las que lograron encontrar a su nieto, como el caso de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, siguen buscando a todos los que faltan.

 

Malvinas, una guerra evitable

 

Una guerra injusta llevada adelante por un Gobierno militar que ya había perdido todo y empezaba su retirada. Con el conflicto bélico, se jugaba la última carta. El 2 de abril de 1982, tropas argentinas desembarcaron en las Islas Malvinas con el fin de recuperar la soberanía que en 1833 había sido arrebatada por las fuerzas armadas de Gran Bretaña. Jóvenes sin experiencia, sin armamento y sin recursos fueron enviados a una guerra injusta que les iba a arruinar, y en algunos casos terminar, su vida para siempre. La guerra duró 74 días y dejó un resultado trágico: 649 soldados argentinos muertos y más de 500 suicidios, motivados por secuelas y traumas de posguerra. Se truncaron sueños, se perdieron vidas y se manchaba, cada vez más, la historia de nuestro país.

 

“Estamos ganando”; “Seguimos ganando”; “Euforia popular por la recuperación de Las Malvinas”, titularon las tapas de los medios más importantes del país.

 

La vuelta de la democracia

 

En el ´83 se terminaba la pesadilla, el terror y el miedo. Volvíamos a las urnas con la esperanza de que venían tiempos mejores. Raúl Alfonsín ganó las elecciones y una multitud salió a celebrar, no solo su victoria, sino la vuelta de una Argentina democrática y libre. Con Alfonsín vino el Juicio a las Juntas, donde la sentencia, dictada el 9 de diciembre de 1985, condenó a cinco: Jorge Rafael Videla y Emilio Massera fueron condenados a reclusión perpetua con destitución; Roberto Viola a 17 años de prisión; Armando Lambruschini a 8 años de prisión, y Orlando Agosti a 4 años y 6 meses de prisión. Por su parte, Omar Graffigna, Leopoldo Galtieri, Basilio Lami Dozo y Jorge Anaya fueron absueltos. 

 

Este avance se vio empañado por leyes que buscaron garantizar la impunidad de muchos genocidas. Las Fuerzas Armadas tenían un fuerte poder en Argentina y comenzaban a poner en jaque al gobierno de Alfonsín, quién sufrió tres alzamientos de carapintadas, donde soldados y oficiales se acuartelaban para exigir la finalización de los juicios y el «cese de la persecución». Para frenar estas irrupciones militares, se sancionó en el Congreso Nacional la Ley de Punto Final (promulgada el 24 de diciembre de 1986 por el entonces presidente), por medio de la cual se estableció un plazo de treinta días para reclamar justicia sobre lo sucedido en el proceso dictatorial, luego de esa fecha ese derecho caducaba. Al poco tiempo surgió la ley de Obediencia Debida porque, antes de terminar el plazo fijado por la Ley de Punto Final, la Justicia federal dictó el procesamiento de unos 500 militares y se presentaron más de miles de nuevas denuncias ante la Justicia. Esto desencadenó los levantamientos carapintada en Semana Santa del año 1987 e hizo que Alfonsín, por medio de esta normativa, disponga de la facultad para eximir de acciones penales a los militares que “cumplieron órdenes” durante la última dictadura militar.

 

El retroceso más grande vendría de la mano de Carlos Menem, quien a tan solo tres meses después de su asunción anticipada, decretó los indultos a los civiles y militares que cometieron crímenes durante el denominado Proceso de Reorganización Militar.

 

En el 2004, el presidente Néstor Kirchner volvió a levantar con firmeza las banderas de los Derechos Humanos: Ese año, Kirchner le ordenó al entonces jefe del Ejército Roberto Bendini que descolgara los cuadros de los genocidas Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone, que se encontraban en el Colegio Militar. Ese mismo día dio un discurso en el excentro clandestino de detención que funcionó en la ESMA y por primera vez un presidente pidió perdón en nombre del Estado por los crímenes cometidos durante la dictadura. Unos meses antes, había logrado que el Congreso anulara las leyes de Obediencia Debida y Punto Final para que los genocidas que aún no habían sido sometidos a proceso pudieran ser juzgados. 

 

“La lucha por la Memoria, por la Verdad y la Justicia es lo que nos debería unir para que nunca más haya un golpe de Estado ni una dictadura cívico militar ni terrorismo de Estado en Argentina. En estos últimos años se ha avanzado mucho y hay gran parte de la sociedad levanta estas banderas. El mejor ejemplo de eso fue la movilización contra el fallo del 2×1, donde millones de argentinos marcharon contra la impunidad de los genocidas. Sin embargo, aún hay personas que tratan de generar divisiones, cuestionan el número de desaparecidos o intentan que las políticas de Derechos Humanos sea una lucha que le pertenece solo a un partido político, cuando en realidad nos pertenece a todos los argentinos; nadie se la puede apropiar”, alega Lipovetzky.

 

Un 24 de marzo sin marcha, pero con memoria

 

Tras el decreto del presidente Alberto Fernández, donde se decretó hasta el 31 de marzo aislamiento social, preventivo y obligatorio para todos los argentinos para prevenir los riesgos de contagio del Coronavirus, este 24 de marzo es un día diferente. Las Madres de Plaza de Mayo y varias organizaciones cancelaron la movilizaciones y los actos previstos para hoy y convocaron a un «pañuelazo blanco», una iniciativa que propone que se compartan pañuelos a través de las redes sociales y desde los frentes de los domicilios particulares.  

 

 #PañuelazoConMemoria es la convocatoria llevada adelante por organismos como Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Familiares de Desaparecidos, HIJOS y el CELS, entre otros.

 

— ¿Cómo vivís este 24 de marzo? 

Daniel Lipovetzky:  Recordamos a los asesinados y desaparecidos por el terrorismo de Estado, pero esta vez lo hacemos en las redes y con nuestra familia, en el ámbito más cercano. Es un día para hablar de lo que pasó para que nunca más vuelva a pasar. En este sentido, para los jóvenes es muy importante. 

 

Hoy no hay marchas ni movilizaciones, pero el compromiso es el mismo de siempre: mantener viva la memoria para no volver a permitir NUNCA MÁS que el Estado se convierta en terrorista.

 

POR CAMILA MIELE

Camila Miele

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