LOS ANTEOJOS

POR JOAQUÍN CORONEL

Llegué un domingo a la tarde con el paraguayo. Traía la parafernalia de una orquesta y una valija modesta con ropa. Te encontré sentada en la terraza escuchando vinilos y fumando tabaco negro. Te habías vaciado tres cuartos de un cognac y llorabas viendo las nubes. Vos nos dejabas hacer mientras acomodabamos los instrumentos donde mejor nos parecía. Cuando terminamos te llevé un café. Lo tomamos en silencio. 

—Me gustan tus anteojos nuevos. Estoy contenta de que hayas venido, pero no nos vamos a enamorar—, dijiste solemne y pausada, sin dejar de mirar el cielo y con el café muy cerca de los labios. Después te lo tomaste de dos tragos.

Empecé a vivir con vos, pero vos no vivías conmigo. Organicé un estudio en la habitación del fondo con salida al patio. Nunca preguntaste por los alumnos nuevos ni los viejos, a pesar de que las notas buenas y malas del piano trepaban por el paredón hasta tu techo. Los ensayos de los miércoles por la tarde sí que los oías.

—Que lindo toca el paraguayo el fiscorno, pero por favor no lo dejen tocar el saxo. 

Las primeras semanas te las pasaste leyendo Pizarnik y tomando café con cognac. Cuando caía el fresco como para seguir apostada alla arriba te decidías en bajar al chino para comprar batatas —impresionante la cantidad de cosas que hacías con batatas— y probablemente, más cognac. 

Empecé a subir un rato todas las tardes porque me desesperaba un poco tu corazón roto y mudo flotando sobre la casa. Al principio costó, pero con el correr de los días dejaste los monosílabos de lado y te decidiste por mantenerme al tanto de la vida de los pájaros que te visitaban con regularidad. Yo sentía cómo el ánimo -que etimológicamente es como una brisa- empezaba a aparecer en vos y me sentía feliz. Como, de vez en cuando, volvías a quedarte absorta ante la bóveda celeste, un día te pregunté.

—¿No te estarás torturando? Dejalos a los pájaros que te cuenten lo que pasa allá arriba.

—Ellos no entienden lo que me pasa —me soltaste con una seriedad que de a poco era una mueca. 

—Por eso, tengo que vigilarlo todo —remataste y te echaste a reír.

De esto y lo otro iba la cosa y un día te volvió el color a la cara. Pusiste un vinilo de Billie Holiday y lavaste la ropa de los dos mientras cantabas. Te salía tan bien. Empecé a escucharte imaginando que tu casa de Ortúzar quedaba en el Barrio Latino parisino, que solo teníamos un poco de queso y pan, pero muchísimo vino, y que todo eso transcurría en años imposibles donde se sabía estar triste sin estropear la alegría de hacer una cosa a la vez. El rosa y el naranja de tu cara, Billie Holiday, la ropa limpia en la terraza, la comida, tu voz, los clichés y todas esas cosas. Ese día entendí que no te estaba haciendo caso en eso de no enamorarse.

Dejé de subir por las tardes. “Así no la complico” me dije, pero sabía que estaba moviendo un alfil. No tardaste en bajar. Las tardes cada vez más frías y oscuras terminaron por depositarte de vuelta en tus viejas paredes. El invierno hizo todo más real: había que arreglar el calefón, limpiar la casa así la editora tuya te veía bien, y te hiciste amiga de un gato al que apodamos Stockhausen. 

Te descubrí costumbres hilarantes, como vestirte de fantasma para andar por la casa o amasar pan casero con frutas secas. Hablabas de ir a Córdoba en el verano y terminar tu novela de los colibríes con la cabeza violeta. A veces nos peleábamos por política y después cantabas en italiano una o dos horas. De cualquier manera, la seriedad de lo rutinario desaparecía fácilmente: bastaba con escucharte emular los cantos hipnóticos de Stockhausen para atrapar gorriones o que en los días de disfraz estuvieras desnuda bajo la sábana que quizás dejabas caer a propósito. Entonces tu cuerpo era ligeramente de azúcar y tu risa agua que disolvía todo el ambiente en una dulce nada.

Esa noche íbamos a celebrar con películas y una botella de vino. Ya  habían pasado cinco meses que vivía con vos. Crucé al chino minutos antes de que cerrara. En el apuro de buscar una botella potable —vos sabés lo que me cuesta a mí elegir un tinto—,me agaché muy bruscamente a revisar la góndola y los anteojos fueron a parar al piso con un golpe seco. Un golpe letal. Volver a la casa y abrir la puerta de entrada no fue fácil. En el pasillo me tropecé con mancha que era Stockhausen, supongo. Aterricé en un sillón y deposité la botella de vino sobre la mesa ratona.

—Conseguí un Cabernet decente, pero me costó la vista, ¿podés creer?—.No comentaste nada y cómo me pareció que estabas distraída por algo seguí hablando. 

—¿Lo viste al Stockhausen? Creo que estuve a punto de ultimarlo en el pasillo pobre bicho, sino era él habría que…

—¿Que tan miope sos? ¿Bastante, no?—, me preguntaste deteniéndote medio segundo a mi lado y seguiste.

Me dio la sensación de que de pronto te habías acordado de algo importante y que aunque no pudiese verte bien te movías con resolución casi mecánica. Te escuché acercarte al mueble grande de roble y abrir el cajón donde habías reunido y guardado las cosas que te quedaron de él. La casa se llenó de una quietud enorme, únicamente tañida por pequeños ruidos: el cajón cerrándose, tus pasos lentos y precisos, la hornalla al prenderse, la cuchara revolviendo un café que yace helado en la mesa, tú “perdóname” susurrado y la puerta de la habitación entornada. 

Ya lo llamé al paraguayo, pasa con la chata mañana temprano. Dice que está sacando Summertime en el saxo, que para el miércoles ya lo tiene.  

POR JOAQUÍN CORONEL 

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